Considerando que Haití ha estado sumido en el caos político y económico durante varios años, me encontré con un clima de frágil pero indudable optimismo durante una visita al país esta semana.
Curiosamente, el punto de inflexión podría ser el masivo concierto de hip hop realizado al aire libre el sábado pasado por el cantante Wyclef Jean –el haitiano más famoso en Estados Unidos– y el ídolo senegalés Akon. Todo el mundo me señaló que un concierto como ese hubiera sido impensable hace apenas un año, porque la gente no habría salido a la calle por temor a las pandillas y los secuestros.
Pocos están dispuestos a declarar victoria sobre la ola de secuestros que casi paralizó este país en años recientes, pero una significativa baja en el número de estos actos criminales sumada a una incipiente estabilidad política han resultado una cierta esperanza en el futuro.
“Tenemos una ventana de oportunidad”, me señaló el senador Rudolph Henry Boulos. “Hay estabilidad política y más seguridad. Con eso podemos concentrarnos en crear una estabilidad económica”.
Gran parte de la mejora se debe a la fuerza de paz de 9 mil 800 tropas de las Naciones Unidas, encabezadas por Brasil, que llegaron aquí tras la partida del presidente Jean-Bertrand Aristide.
A pesar de un reciente escándalo sobre 114 efectivos de paz de Sri Lanka que supuestamente acosaron sexualmente a niñas haitianas, la misión de las Naciones Unidas ha logrado restablecer el orden: el número de secuestros ha caído de 500 casos en 2006 a 215 en lo que va de 2007.
Jean-Paul Faubert, un empresario textil a quien conocí en el concierto, me dijo que hace un año él y su familia estaban considerando irse del país. Ahora ya no. En cambio, está reinvirtiendo en su planta textil de 4 mil 500 trabajadores.
Una de las cosas que encontré más interesantes –y quizá dignas de ser consideradas para la reconstrucción de la vecina Cuba cuando llegue el momento– es el rol constructivo que han jugado Brasil, Chile, Uruguay y Argentina como líderes de las fuerzas de paz de la ONU aquí.
En un país con una larga historia de intervenciones militares norteamericanas, muchos haitianos dicen que la llegada de los latinoamericanos ha sido una brisa de aire fresco. Gabriel Verret, el principal asesor económico del presidente René Préval, me señaló que “debido a que los latinoamericanos no están en el negocio de la ayuda económica, no tienen una fórmula definida, y eso los obliga a escuchar”.
Ciertamente, Haití sigue siendo un país destruido. En esta capital, solo hay unas tres horas de electricidad por día, y en el interior el promedio diario es aún menor. Un 78 por ciento de los 8.5 millones de haitianos vive con menos de US$2 al día, según las Naciones Unidas.
Y tal como lo comprobé en carne propia durante el concierto, los robos y otros delitos menores no han cesado. Una mano que actuó con la rapidez de un rayo me quitó la chaqueta que llevaba.
Segundos después, vi un tumulto a unos metros: una docena de jóvenes se estaba disputando el acceso a los bolsillos de mi chaqueta, que no llevaba nada de valor.
A la mañana siguiente del concierto, le pregunté al presidente Préval a qué atribuía el creciente clima de normalidad en el país. Según él, ha sido posible gracias a la estabilidad política, que ha permitido a las Naciones Unidas actuar con eficacia.
Préval quiere que la misión de las Naciones Unidas ya no sea solo policíaca, sino que ayude a reconstruir el país.
El problema es que, aunque Brasil está de acuerdo, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no autoriza una expansión de la misión.
“Es hora de cambiar las reglas y hacer que contribuya más a mejorar las condiciones de vida”, me dijo Préval. “Ellos pueden usar sus ingenieros militares para ayudarnos a construir caminos, reparar escuelas, mejorar la recolección de basura, y muchas otras cosas”.
Mi opinión: estoy de acuerdo. Sin electricidad, caminos ni una clase media profesional, Haití no podrá ponerse de pie por sí solo. Necesita que las tropas de las Naciones Unidas hagan más que patrullar las calles. De otra manera, los pobres del país se frustrarán cada vez más, y el naciente clima de normalidad será apenas un asterisco en una larga historia de convulsión.
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