Qué encajada nos dieron los Reyes Magos con eso de los regalitos, pensé al ver con desconsuelo las edificaciones de cajas que esperaban envoltura y moño. Me picó el zancudo de la curiosidad –por qué regalamos en Navidad– y busqué alguna respuesta en el Internet.
Encontré que lo del empaque en papel de motivos fue bastante posterior, una cortesía de los japoneses, siempre afanados en ornar y agradar. Ahora bien, hago aquí una fe de error: no es por culpa de los Magos que estamos metidos en lo que el sociólogo catalán Jesús Ibañes llama la sádica tradición del regalo. Obsequiar en las fiestas al parecer se remonta mucho antes en la historia.
Incluso antes de la visita de los Reyes de Oriente al niño en el pesebre.
Era costumbre que para el solsticio de invierno se llevaran ofrendas a dioses y reyes para agradecerles un ciclo de prosperidad y (en todo regalo va siempre una petición) solicitarles buenos augurios. Resulta que allá por el siglo VIII A.C., a Tatio, gobernante de Roma, le cayó en gracia que para las fiestas saturninas le fueran a regalar ramas de un bosque dedicado a la diosa Sternia, y eso fue todo lo que hizo falta para poner de moda en la República Romana regalar ramas para esas fechas.
Luego, quizá hambrientos de variedad (no creo que estuvieran preocupados por la tala inmoderada de árboles), los romanos sustituyeron las ramas por nueces, miel, vino o velas, telas, lámparas, monedas de bronce y piedras preciosas, y empezaron además a intercambiarlas con familiares para expresar recíprocos deseos de prosperidad.
Siglos después apareció Papá Noel con su gran costal de regalos repartiendo a diestra y siniestra. Y henos aquí, empaca y empaca montañas de obsequios para amigos y parientes. Pero este es el momento de disfrutar, de sumirnos en la ilusión de bienestar y abundancia granjeada por esas montañas de obsequios preciosamente embalados en papel y listón. Después, en enero, vienen las cuentas. Pero esa ya es otra historia.
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