No sé si será la muerte de Bhutto o la reciente visita a los campos de lava petrificada en el Pacaya o la perspectiva de unos días sobre las playas del Pacífico, lo cierto es que tengo la cabeza llena de paisajes negros e hipnotizadores como solo suelen serlo los ojos verdaderamente negros. Se los presto para que los contemplen ustedes y para ver si así me libro yo un poco de este trance.
Pienso en Benazir Bhutto y en sus ojos obsidianos, secos ya para siempre, los mismos que hace un par de meses se anegaban al volver a Karachi después del exilio. En la pólvora negra de las balas que habrá impregnado su blanco velo, en la tierra negra que se tragó su ataúd de pino cepillado. En la carne chamuscada del asesino suicida y de quienes lo rodeaban en esa negra hora y en las sombrías perspectivas de Pakistán.
Vienen también imágenes del océano negro y crujiente que atravesé hace unos días en la cima del volcán para llegar al sitio donde bulle la lava, lenta como savia y con un murmullo de río metálico.
Era aquello un llano yermo color carbón, inmenso y ondulado como un mar. Humeaba al fondo el cráter viejo, recortada su oscura silueta contra el cielo claro de la mañana. No se cuánto me quedé allí, sintiendo en las reblandecidas suelas la cercanía del infierno subterráneo, inhalando el tibio tufo sulfuroso, viendo las rocas nuevas petrificadas como por encanto en formas caprichosas sugerentes de una reciente blandura—turrón, espumillas, trenzas de pan, pero ellas todas color de asfalto.
Y aquí está la playa de arena negra que arde como carbón al sol del mediodía y en la que habré de quemarme las plantas de los pies este fin de año. Es hermosa la arena volcánica, la negrura molida por el tiempo de esa piedra que fue lava, con su brillo metálico y su fuego dormido.
¿Qué tiene lo negro que se hace tan difícil desprender de ello los ojos?
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