Conteos simultáneos en reservas naturales privadas de Suchitepéquez y en Tikal demuestran la riqueza en biodiversidad del país, que tiene en el avistamiento de aves un aliado para preservarla.
Por: Carlos Rigalt C.
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La madrugada del viernes 14, Andy Burge observó chorros de luz provenientes de estrellas fugaces recorriendo el cielo sobre la bocacosta guatemalteca. Horas más tarde, al mediodía, alzaba la vista para observar con la ayuda de prismáticos otra especie voladora más cercana: las aves que trinaban entre los árboles de su finca Los Tarrales. Claro que con sus gigantescas diferencias de magnitud, se podría decir que las estrellas fugaces y las aves migratorias se parecen: muy pocos saben de dónde vienen o hacia dónde van. Rubí volador Flotando sobre una rama del bosque formado por cedros, amates, platanares, huele de noche, palo de jiote, cushín y otras ingas –árboles que dan sombra a los cafetales– vibra un pequeño picaflor al que los biólogos anglosajones nombraron Ruby–throated Humminbird y nosotros Colibrí Rubí. Casi imperceptible, solo expertos lo reconocen a simple vista. Esta pequeña ave es todo un “mojado” en nuestras tierras: está de paso en Guatemala donde permanece durante los meses de invierno en Estados Unidos y Canadá, países donde se reproduce. Bien podría ser que su última parada antes de cruzar los 1,300 kilómetros del Golfo de México hasta este apacible paraje de Patulul, Suchitepéquez, fuera un parque en Nueva York. Solo viven en el este norteamericano. Poco se conoce de la migración y comportamiento de los colibríes en los trópicos durante el invierno. Pero se sabe que la destrucción de su hábitat a lo largo y en ambos extremos de su ruta migratoria ponen a este pequeño helicóptero emplumado en peligro de extinción. En nuestro país sobreviven y aún más: “Cuando vienen a estos pedacitos de tierra en Centro y Sudamérica las aves migratorias se vuelven más numerosas que las especies locales”, dice Claudia Avendaño, bióloga encargada del Primer Conteo de Aves del Volcán Atitlán 2007 realizado durante 24 horas el 14 de este mes. Conteo navideño En la naturaleza todo está conectado. Así como no hay muros ni visas que detengan la migración al sur del diminuto colibrí, nada impedirá su retorno cuando el termómetro y GPS interno le indiquen que los árboles en Boston ya están floreando. Será en marzo. Pero esta vez tuvo testigos de su viaje hacia la zona del planeta donde la irradiación solar es constante durante todo el año y los alimentos abundan. Los conteos de aves como el del Volcán Atitlán (el 18 de diciembre fue en Tikal) organizados por Cayaya Birding y el apoyo de instituciones como Inguat, Anacafé y The Nature Conservancy, le permitieron a medio centenar de personas –entre biólogos, expertos, comunitarios y propietarios de reservas naturales privadas– no solo observarlo a él sino a varios cientos de las 500 especies listadas para estas áreas. Carlos Javier Torrebiarte, de las reservas Santo Tomás Perdido y Santa Teresa, dentro del área del Volcán de Atitlán, comenta que encontraron “más de 250 especies de las 499” que estaban en lista. Recorrieron desde la punta del volcán (3 mil 750 msnm) hasta los 750 metros, lo que les permitió observar especies de distintos hábitats. Desde el esquivo y legendario Pavo de Cacho hasta el azuláceo y en peligro de extinción Tangara cabanisi. Además de quetzales, colibríes, palomas, búhos, loros y pericas. El conteo de aves de Navidad se realiza en toda América a instancias de la National Audubon Society de Estados Unidos, quien lo promueve desde 1,900 con el fin de monitorear el estado y distribución de las poblaciones de aves en el Hemisferio Occidental. “Es como un censo entre los humanos”, dice Avendaño. “Al realizarlo durante varios años seguidos, nos da una idea de los cambios en las poblaciones de aves, si hay especies que van disminuyendo o aumentando y por qué”. Los resultados oficiales de estos conteos estarán en el sitio web de Audubon en un par de meses. El negocio verde Pajarear, birdwatching, contar aves. Como quiera que se le llame a esta actividad que según Ana Cristina Prem, de la Mesa de Aviturismo, ha sido incluso recomendada a niños hiperactivos o a ciegos, puede ser tan simple como adentrarse en un bosque con los ojos y los oídos bien abiertos o tan compleja como llevar un registro científico de especies con nombres en latín junto a un telescopio Swaroski 20–60 especial para ver pájaros. Durante el conteo navideño en el sendero ecológico de las fincas de la bocacosta se hizo lo segundo. Sigilosos, Edy y Aarón De León, dos hermanos cuya familia trabaja en Los Tarrales, caminaban junto a Avendaño y Burge a través del bosque. Encima del territorio de hormigas, insectos, hojas secas y plantas de café silbaba el viento contra las hojas de los árboles y de pronto un trino casi imperceptible: Columbina inca, dice uno citando su nombre en latín. La paloma se agita y vuela a otra rama. Se pierde. Demasiado rápido para la agilidad –y el lente– del fotógrafo. No la anotan. Ya lo habían hecho desde la madrugada. El conteo de aves para el registro de Audubon es todo un rito. A los participantes le dieron rutas establecidas entre las diferentes fincas y reservas, en un círculo de 24 kilómetros de diámetro que abarcó desde la parte sur de la falda del volcán Atitlán hasta la orilla sur del lago. Como aliado del ecoturismo este es un negocio que alza el vuelo y donde tenemos grandes ventajas comparativas. Solo en Estados Unidos existen 68 millones de birdwatchers, comenta Ana Cristina Prem, un gigantesco mercado del que tanto el Gobierno como propietarios de reservas privadas e instituciones internacionales han comenzado a abrir la puerta. Contar estrellas fugaces se puede hacer en casi todo el mundo. Contar 700 especies de aves solo en países como el nuestro. |
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