La oportunidad de tomar las riendas de su propia vida.
Dávila Estrada
Solemos por estas fechas resolvernos a algo, propósitos de Año Nuevo. No necesariamente ligada a marcas de calendario, pero tampoco desligada de ellas, la resolución es ante todo, como el cultivo de sí o la educación, reflexiva: resolver–se. Es desde y acerca de sí mismo que uno se resuelve, primero que nada, acerca de una manera de vivir. Ello también quiere decir una manera de morir, como reza el título de Monteforte. Resolverse es en todo caso encarar la inexorable finitud que nos caracteriza esencialmente. Ante la finitud es que nos posicionamos resolviéndonos en primer término por una forma de ser; luego por unas metas; finalmente por ciertas acciones. Un tiempo infinito nos daría el chance de vivir todas las vidas posibles, de cumplir todos los propósitos, de alcanzar toda meta imaginable, lo cual no haría a la larga sino aniquilar el sentido de la vida y agotar la pasión por ella, como lo muestra Borges con ingeniosa penetración en El inmortal.
El tiempo real, el vivido por alguien en particular, siempre acaba. El que tal acabamiento sea un simple llegar al final de la vida o, por el contrario, la ejecución deliberada de un plan de vida, del proyecto propio de una existencia realizada, depende de nosotros mismos y de nuestra resolución.
Por lo menos, aquellos de nosotros que tenemos la oportunidad de tomar y llevar las riendas de nuestra propia vida, o podemos más o menos irnos haciendo tal oportunidad.
Que no todos gozamos de oportunidades comparables o tenemos las mismas posibilidades de forjárnoslas es clarísimo en un país como el nuestro, de desigualdades tan evidentes, rayanas en lo obsceno. Por mucho que los pontífices y, en general, las prevalecientes religiones del individualismo insistan en la indiferencia, semejante situación no puede ser ignorada por quienes conscientemente pretenden resolverse a asumir la vida como asunto propio. Si bien lo propio nombra existencias singulares, también denota la dimensión existencial básica de la comunidad, en especial, bien entendida, la política. Que el ser humano es un ser a quien en su ser mismo le va el coexistir con otros en un mundo conformado y compartido con ellos no es mayor descubrimiento. Junto con la palabra y la razón, la esfera de la ciudadanía, de lo político, es reconocida desde antiguo como connatural a nuestro ser. Toda resolución se resuelve también respecto de ella, para bien o para mal.
¿Cuál será el caso de quienes conformamos esa comunidad llamada Guatemala?
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