El sábado por la noche me topé con una de esas camionetas a las que llama “chivas”, cargada de jóvenes con una cerveza en la mano. Era todo un jolgorio. Se antojaba envidiable su alegría.
Que una empresa licorera despida el año viejo con una gran fiesta junto a la playa y reparta gratuitos los tragos de su marca de mayor consumo entre los muchachos parece enteramente normal. Música tropical en vivo y de primera, bailarinas exóticas, danzas eróticas, entrada libre para todo el mundo y sobre todo, mucho licor para alegrar el ambiente. Se necesita ser un fundamentalista para objetar la celebración. ¿O no?
Tampoco parece ofenderle a nadie que un bar capitalino anuncie bebidas gratuitas para las damas entre las 6:00 y las 9:00 de la noche. A partir de esa hora pueden entrar los varones.
Es notorio que la presión hacia el consumo de alcohol entre los jóvenes es cada vez más intensa. Y en cambio, el esfuerzo por limitar las pérdidas y los daños que causa a la salud pública la dependencia del licor marcha a un ritmo más lento. Esto pese a que las investigaciones más serias reflejan que hay motivos para preocuparse. Por ejemplo, que cada vez más jóvenes descubren su dependencia del alcohol, o que se establece el daño de los nuevos patrones de consumo compulsivo (como el de la embriaguez lograda vía la mezcla de diferentes licores en un breve lapso) o la generación de borracheras semanales. Lo que se conoce como el consumo tipo nórdico del licor en comparación con el consumo tipo mediterráneo, beber hasta caer una o dos veces por semana a diferencia de la costumbre de beber un poco cada día. Y es a este segundo patrón al cual se le teme en nuestra cultura, porque hace pensar en la dependencia cotidiana, como si esa borrachera semanal no pudiera reflejar también una forma de alcoholismo.
Guatemala ha hecho esfuerzos por regular el consumo. Además de establecer impuestos, limitar las licencias para la venta de bebidas y decretar restricciones a la publicidad, se ha puesto en marcha el control de los horarios para expender licor. Hay restricciones también al consumo en eventos deportivos. Pero la pregunta es, ¿ha sido suficiente? Y la respuesta obvia es, no. Toleramos que se incentive el consumo de alcohol entre personas cada vez más jóvenes y propiciamos en el mediano plazo un problema de salud pública mayor. Porque el consumo excesivo de alcohol tiene consecuencias que rebasan el ámbito privado. Afecta a comunidades enteras y afecta en mayor medida a los más pobres. ¿Deberíamos incrementar como en otros países la restricción de edad para el consumo? Porque si son cada vez más jóvenes los bebedores, y si sus patrones de bebida se orientan más hacia la compulsión como parece indicarlo la cada vez más frecuente presencia de veinteañeros en Alcohólicos Anónimos y tratamientos de desintoxicación, ¿no deberíamos al menos abrir el tema a debate?
Las cervecerías, la licorera, los importadores de bebidas tienen sus representantes electos en el Congreso. Sus intereses están ahí bien protegidos. Acaso sean ellos los llamados a abrir antes que nadie este debate público.
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