Una galería de arte se planta hoy en las calles de la ciudad. La Fundación Rozas–Botrán y Telefónica han desplegado, en parabuses y otros puntos, imágenes de obras de artistas para que los transeúntes voten por la más bonita de todas.
Rosina Cazali
Una galería de arte se planta hoy en las calles de la ciudad. La Fundación Rozas–Botrán y Telefónica han desplegado, en parabuses y otros puntos, imágenes de obras de artistas para que los transeúntes voten por la más bonita de todas. Como versión iconoclasta de la prueba de Rorschach, el nuevo parámetro del éxito se mide con celular y se imprime sobre vinil. Ni modo, es lo que hay.
En todo caso a mí me invitó a especular sobre el año de 1937, cuando Walter Benjamin nos dejaba estas ideas lapidarias: “El acrecentamiento sorprendente de nuestros medios, la flexibilidad y la precisión que éstos alcanzan, las ideas y costumbres que introducen, nos aseguran respecto de cambios próximos y profundos en la antigua industria de lo Bello”. Pobre Benjamin, apenas pudo soportar los cambios que implantarían la fotografía y unos cuántos medios de reproducción técnica, todos anunciando la irremediable pérdida del aura que emanaba de la originalidad. Pasando por los pósteres de museos, las serigrafías de Warhol para llegar a la invasiva imagen del vinil, ¿Benjamín se hubiera suicidado por segunda vez o vuelto a la vida para desentrañar el cúmulo de preguntas que nos arroja la cultura digital?
No es difícil imaginar al filósofo alemán delirando entre las glorietas de Callao, Trafalgar y Times Square, apreciando solo algunas de las pruebas máximas de que el vinil es el soporte más versátil en la industria de las vallas panorámicas. Con capacidad para clonar el universo de lo bello y entregarlo como algo más real que la realidad, invade paisajes, envuelve fachadas enteras, nos aturde con fotografías extraordinarias o insulsas campañas políticas. Todo para decir que su propia competencia es de sus mejores atributos: el vinil, y su posibilidad de agigantamientos alimenta su propio fenómeno de vulgarización. Bajo estas luces, tal vez el único dilema filosófico para Benjamin se reduce –a la manera de Ripley– preguntarse cuántas vueltas al planeta darían todos los viniles impresos en el mundo.
Ya, sin cinismos para iniciar el año, la reflexión persiste sobre lo ilimitado del vinil, hijo del plástico; sin olvidar su presencia humilde en tortillerías, carnicerías, aceiteras y otras misceláneas, supliendo los dibujos de pintores autodidactas. Pero todo es nada frente a dos modelos locales que nos escupen hacia el pasado, para repensar las viejas categorías de la originalidad. El primero es un centro educativo con forma de castillo, envuelto con vinilos cuidadosamente impresos para simular torreones, princesas asomando al balcón y textura de piedra medieval. El otro, una iglesia cuyo interior se ve forrado con reproducciones de los frescos de la Capilla Sixtina, obras de Rafael y otros colegas famosos. ¡Juro que existen! ¡Verdaderas maravillas de la arquitectura elemental! Su apuesta a lo chip resuelven nuestra miseria. Y digo yo, Benjamin –de estar aún vivo– ¿encontraría en estos una razón más justificada para su memento mori? Frente a este mundo vinil, yo simplemente elucido sobre la negra profecía que emula la contemporaneidad. ¡Ay!, triste existencia.
0 comentarios: