Es la cara oscura, pero sin esa no existiría la otra.
Amable Sánchez Torres
Seguramente todos tildaríamos de loco a quien decidiera exponer un tapiz por el envés y tratara de convencernos de que esa es su cara más importante. Sin embargo, no nos resulta difícil convenir en que tanto las cosas como los hechos y las personas tienen una cara oculta, sin la cual la visible y aparentemente más bonita resulta inexplicable. A pesar de estar convencidos de que las apariencias engañan o de que el hábito no hace al monje, seguimos aferrados a principios tan rutinarios o precipitados como el de que la verdad entra por los ojos o el tan chapín de “como te veo te trato”. El mar de fondo no es precisamente lo que se ve. En este sentido, el oleaje o la calma chicha suelen resultar dos engaños parejamente peligrosos.
La primera vez que Manuel Alonso decidió sembrar cacahuetes en el pueblo se quedó sin cosecha. Todos aplaudieron la frondosidad de la planta y la belleza de las flores, pero el asunto resultó agua de borrajas. Faltaba la clave. Y la clave consistía en que, una vez salidas las flores por debajo de las hojas y a ras del suelo, había que aporcar, cubrirlas de tierra y sacrificarlas para obtener el fruto.
Frecuentemente la vida nos da lecciones como esta y hay que aprenderlas, no solo para ejercitar la prudencia, sino incluso para salvar la ecuanimidad y la justicia. Las personas no son cacahuetes, precisamente. Tampoco la mayor parte de las cosas ni de los hechos que se relacionan con ellas. No hace falta estudiar mucha metafísica para atisbar por lo menos que la realidad es un sistema de causas y efectos, que hay una causa final –o una finalidad de todo, si se quiere– y hasta seguramente una causa última, a la luz de la cual todo se explica, aunque a ella no sepamos explicárnosla. La alegría que debe proporcionarnos cada descubrimiento científico –en tanto en cuanto sea positivo– no debe menoscabar nunca el respeto que siempre debemos sentir por el misterio. Al fin y al cabo, es el misterio lo que nos llama y nos atrae. Seguramente solo por él caminamos, por él nos mantenemos despiertos y en pie. Y si es sagrado y respetable el misterio del universo en general, lo es más aún el misterio de cada persona en concreto.
El envés del tapiz es la cara oscura: la de los nudos, los hilos sueltos, los remiendos, los hilvanes desmañados… Pero sin esa –lo mismo que ocurre con las hojas del árbol– no existiría la otra: la visible, clara, brillante, bruñida, que recibe la caricia y los aplausos del sol; o, en un contexto ya no precisamente botánico, la bonita e hipócrita, que recibe los aplausos inmerecidos, o la tumefacta y deformada, que recibe los insultos y salivazos sin razón alguna… ¿Cuándo, en nuestra convivencia diaria, decidiremos ir al fondo?
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