Viajar en Guatemala era una cosa muy seria hace menos de un siglo.
María Elena Schlesinger
Viajar en Guatemala era una cosa muy seria hace menos de un siglo. Los viajes se preparaban con antelación y diligencia, y se debía estar joven y en buena salud para aguantar las largas jornadas de viaje, ya fuera en tren, diligencia, a lomo de mula o semoviente e inclusive a pie, dado el estado de los caminos de herradura, veredas o caminos de cabra.
Ir a la Antigua en diligencia, por ejemplo, tomaba más de ocho horas de viaje. Se salía temprano, a eso de las seis de la mañana, de los establos de Suman, y las diligencias llegaban a la pila de la Concepción como a las dos de la tarde.
Era mejor viajar en la temporada seca del año pues entonces las bestias caminaban sin dificultad por los caminos y los viajeros sufrían únicamente tragando polvo, por lo cual entre sus menesteres de viaje siempre llevaban a la mano botellas o tecomates con agua y varios pañuelos que humedecían para cubrirse nariz y boca, evitando tragar el polvito amarillento de los caminos.
En tiempos de lluvias, la cosa se ponía color de hormiga para los viajantes, cocheros y semovientes porque nomás se salía del empedrado de la ciudad de Guatemala, sobre el camino que conducía al Occidente de la República, las bestias se hundían hasta la barriga en las zanjas y lodazales, provocando grandes atascaderos. Entonces no había más remedio que el diligente viajero, muchas veces vestido de punta en blanco o con jerga de lujo, se quitara el saco y se arremangara las mangas blancas de la camisa enyuquillada y ayudara a jalar a las bestias junto al cochero.
Los vendedores de géneros, trastes y medicinas fueron de los primeros exploradores de nuestra escarpada geografía. Iban de poblado en poblado vendiendo sus baratijas y menjurjes como Dios les diera licencia: ratitos a pie y otros a lomo de mula, caballo o diligencia cuando se trataba de ciudades. En las crónicas de viaje de la época, cuentan aquellos primitivos vendedores ambulantes que visitaban el área de las Verapaces, que llegaban hasta las pequeñas aldeas caminando por caminos de herradura y vericuetos hasta llegar a los poblados en donde los vendedores de valijitas negras hablaban con señas a los nativos, quienes no entendía una sola palabra de español.
Aquellos viajeros primitivos iban de poblado en poblado a merced de la hospitalidad y la buena voluntad de los parroquianos, quienes compartían siempre una hamaca, el resguardo de su fuego y la escasa comida. Según nos contaba mi padre, bastaba el “Ave María purísima” para que se le abrieran las puertas de la casa al forastero, quien muchas veces, a la luz del fogón, informaba sobre los infortunios o prodigios que se sucedían en la capital: “El mes pasado bajó del cielo en una máquina voladora, de esas que llaman aeroplano, un hombre alto y canche llamado Durafor. El piloto era suizo y con su nave dio varias vueltas por el cielo. Luego, bajó en el decampado del Campo de Marte ante el asombro de varios mirones. Allí estaba yo. La nave parecía una enorme mariposa de hierro”.
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