“Querer agradar a los demás es una trampa peligrosa”. Epicteto
Arturo Monterroso
Las frases de Epicteto de Frigia, ese filósofo estoico de los primeros tiempos de la era cristiana, se han vuelto populares, y de tanto repetirlas han ido perdiendo significado. Sin embargo, todavía suena bien eso de que la felicidad no consiste en desear cosas sino en ser libre. Quizá Epicteto dijo eso porque fue esclavo del imperio romano durante gran parte de su vida o, lo más seguro, porque descubrió que las posesiones nos atan. El problema radica en que hoy día es más importante tener cosas que ser uno mismo, y en definir qué entendemos por libertad. Para muchas personas, tener cosas, asegurar el futuro y ser aceptadas por los demás, es ser libres; para quienes nos alejamos con dificultad de ese lugar común –tan preciado por la sociedad fatua de nuestros tiempos–, la libertad es algo cercano al pensamiento sin ataduras, a la aceptación de las propias limitaciones y a la ausencia de temor. Aquí encaja otra frase de Epicteto; aquella de que no hay que temer a la pobreza, al destierro, a la cárcel o a la muerte, sino al propio miedo; algo difícil de alcanzar porque vivimos rodeados de amenazas: el desamor, el desempleo, el destino que ignoramos. Pero una vez libre de esa perturbación angustiosa del ánimo, uno puede empezar a vivir en sus propios términos. Como un pariente de mi padre, quien descubrió que la frugalidad era la clave de la vida. Nunca fue religioso ni abrazó ideología alguna. No conoció la ansiedad porque aprendió a vivir en el presente. Y quizá esa despreocupación acerca del futuro lo llevó bastante lejos: murió a los 105 años de edad.
Hay gente que necesita muy poco para ser feliz. Uno de mis recuerdos más antiguos es el de un tío paterno con un libro en la mano. Era ya viejo, de genio apacible y pocas palabras. Llevaba una existencia simple, que incluía trabajar con mesura y tiempo para hacer las cosas que le gustaban.
Había crecido en un pueblo de la costa a donde llegó la electricidad con mucho retraso. Así que se había acostumbrado a leer con la luz que le proveía una linterna, agarrada con la mano derecha y apoyada en la sien para descansar la cabeza. En la mano izquierda sostenía el libro, y en esa posición pasaba largas horas, metido en a saber qué mundo, completamente absorto, ajeno a la realidad cotidiana. Se había habituado de tal manera a leer con tan poca luz, que aún cuando venía a nuestra casa en la ciudad, uno lo encontraba leyendo en la cama, iluminado el libro únicamente con el haz de la linterna. Qué había descubierto en la palabra escrita, no lo sé con certeza, pero con frecuencia sonreía, cómplice de los secretos del libro, como si hubiera descubierto una llave para abrir una puerta o conseguido un boleto para iniciar un viaje.
También tenía un tío materno, dueño de una barbería donde ejercía su oficio con la parsimonia de quien nunca tiene prisa. A saber cuándo había descubierto a los filósofos y un día, después de un almuerzo familiar en el que hablamos de libros, me espetó un nombre que yo jamás había oído.
Schopenhauer, dijo. ¿Ya leíste a Schopenhauer? En plena adolescencia y abominando de los libros del colegio, yo había leído a unos cuantos autores por mi cuenta, pero jamás había oído de Schopenhauer. Está bien, dijo el tío. Spinoza y Nietzsche son importantes, pero Schopenhauer es indispensable. Y prometió prestarme una edición antigua de El mundo como voluntad y representación. Sin embargo, nunca lo hizo porque se enfermó gravemente y después de su muerte se perdieron sus libros. Ahora lo recuerdo en su barbería de La Parroquia, conversando de filosofía con sus clientes mientras les cortaba el pelo y les rasuraba la barba. No sé si lo entendían. Y a saber si alguna vez leyó a Epicteto, quien dijo que querer agradar a los demás es una trampa peligrosa.
Pero la lectura lo reconciliaba con su vida, que era más bien prosaica. Hablar de sus libros era como volar a otros universos, a veces íntimos y cerrados; a veces abiertos como campos de trigo o ciudades desconocidas. La libertad –dijo Epicteto– es la única meta que merece la pena en la vida.
Guatemala, 10 de enero de 2008 arturo.monterroso@gmail.com
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