La semana pasada hablé de las tendencias endogámicas que caracterizan a nuestras sociedades, en particular a la guatemalteca. Y como ya es frecuente, algunas personas de mente literal y miope (lo que ilustra, justamente, los problemas que evoco) objetaron mis comentarios, sin entender su carácter irónico y metafórico.
Esta semana, leyendo algunos artículos que conmemoran el 40 aniversario de Cien años de Soledad, de García Márquez, me encontré con uno, firmado por el filósofo colombiano Rubén Jaramillo Vélez (revista Escarabeo, Bogotá, septiembre 2007), que aborda el tema de la endogamia y del incesto en la mítica familia de los Buendía, la cual encarna, en gran medida, los rasgos más emblemáticos de la realidad criolla y mestiza latinoamericana, en la que el tránsito de la naturaleza a la cultura (lo que algunos llaman “procesos de humanización y de individuación”) parece tambalearse.
Cito a Jaramillo: “La regresión, el tiempo cíclico propio del mito, parecen regir la existencia de los Buendía. Lo que fracasa en ellos es el proceso de individuación: no evolucionan hacia sí mismos, no se desarrollan propiamente, no maduran, no logran transformarse en personas. En forma inexorable, todos sus esfuerzos se malogran, no conducen a nada, no trascienden. Los Buendía no establecen vínculos afectivos profundos con los demás, no logran comunicar sus experiencias ni aprender de ellas. Permanecen cercados por la sangre, por el vínculo consanguíneo inmediato, sin ampliar el ámbito de sus vidas hacia una forma civilizada de convivencia e instaurar, de esta manera, una mínima normatividad, un conjunto articulado de reglas y rituales, una sociedad consolidada: no fundan ciudad ni ciudadanía”.
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