La historia real puede, a veces, ser tan inesperada y serpentina como las mejores historias de la ficción.
Mario Vargas Llosa
Para probarlo, he aquí la extraordinaria aventura de David Galula.
Durante la guerra de Argelia, en los años cincuenta, es improbable que los franceses y argelinos oyeran hablar siquiera de él, y menos que imaginaran el papel que desempeñó en el desarrollo estratégico de la contienda ese capitán de origen tunecino, graduado en Saint-Cyr, que había conocido de cerca las luchas anti-coloniales en Indochina y que, ofreciéndose como voluntario, fue destinado en febrero de 1956 al frente de una compañía del 45 Batallón de Infantería Colonial a la región de Aissa Mimun, en la Kabilia. La insurrección del Frente de Liberación argelino (FLN) llevaba dos años y el Ejército francés, pese a su superioridad militar y numérica, no daba pie con bola. Carecía de una estrategia frente a la eficiencia de las acciones terroristas de un enemigo invisible, fundido con la población nativa, a la que la política represiva y la tortura sistemática empujaba cada vez más a solidarizarse con los insurgentes.
El capitán Galula inició, por su cuenta y riesgo, un experimento que sus superiores autorizaron llenos de escepticismo. Consistía en privilegiar las iniciativas sociales, culturales y políticas sobre las militares, protegiendo a los sectores moderados de las exacciones y atentados que lanzaba contra ellos el FLN, apoyando a las mujeres nativas empeñadas en la emancipación femenina, involucrando cada vez más a las fuerzas indígenas en la lucha contra la rebelión, prohibiendo la tortura y el asesinato extrajudicial y comprometiendo a soldados y oficiales del Ejército francés en acciones sociales, desde la construcción de escuelas hasta tareas de primeros auxilios y sanidad en la zonas campesinas más deprimidas.
Según Alistair Horne, que ha escrito la mejor historia de la guerra de Argelia –A Savage War of Peace: Argelia 1954-1962– los efectos de esta nueva política fueron extraordinarios y a mediados de 1957 el FLN había sido separado de la población civil y duramente golpeado en toda la Kabilia. El Ejército francés, venciendo la resistencia de sus estrategas de la vieja escuela, comenzó a poner en práctica esta nueva metodología que, en términos estrictamente militares –no políticos, desde luego– le conseguiría una superioridad casi absoluta sobre el terreno.
Pero esa guerra estaba perdida desde el principio, porque el colonialismo repugnaba a la opinión pública francesa, que se movilizó contra ella como se movilizaría, años después, la de Estados Unidos contra la guerra de Vietnam. De Gaulle concedió la independencia a Argelia y entregó el poder a Ben Bella y el FLN. El capitán David Galula lo había previsto, en la tesis central de su filosofía: las guerras revolucionarias y contra–revolucionarias no se ganan con armas y en el campo de acción sino con ideas y propaganda en el dominio de la opinión pública.
En 1962, un think tank de Estados Unidos, la RAND Corporation, descubrió el papel (poco menos que secreto) jugado por David Galula en la guerra de Argelia y lo invitó a un simposio sobre la guerra de guerrillas. Impresionada con la solvencia intelectual del entonces teniente coronel, le encargó un libro, Pacification in Algeria, 1956-1958, que la propia RAND Corporation tradujo al inglés. En 1964 Galula publicó Counter-insurgency Warfare: Theory and Practice. Estos ensayos circularon en fundaciones y agencias especializadas, y en los estados mayores, muy lejos de los lectores comunes y corrientes e incluso de los críticos políticos y militares de los medios. En 1967 David Galula murió sin sospechar la celebridad que su nombre y sus ideas sobre la guerra contra–subversiva alcanzarían años más tarde en el marco de la guerra en Irak.
La manera como resucitó David Galula en medio del conflicto del Medio Oriente está descrita en un estudio interesante del profesor Arthur Herman, de Georgetown University, How to Win in Iraq – and How to Lose (“Cómo ganar en Irak –y cómo perder”). Uno de los escasos lectores de David Galula fue el general norteamericano David H. Petraeus, quien en los años 2003-2004 se propuso aplicar sus ideas en la región norteña iraquí de Mosul que estaba bajo su administración. La 101 División Aerotransportada a órdenes del general Petraeus reabrió 1,400 escuelas de niños y niñas y aseguró su funcionamiento, instaló y operó postas sanitarias en el campo, construyó caminos, canales de riego y –estrella de la corona– reabrió la Universidad de Mosul. El terrorismo no desapareció pero cayó en picada, y por primera vez la población civil comenzó a enfrentarse a los terroristas de Al Qaeda y otros grupos fundamentalistas.
El profesor Herman muestra cómo la sombra de David Galula impregna el manual de instrucciones que el general Petraeus, al recibir la jefatura de las operaciones militares en todo Irak, repartió a todos sus oficiales, insistiendo en la necesidad primordial de colaborar con la población civil y alistar, confiándoles responsabilidades cada vez mayores, a los propios policías y militares iraquíes en la lucha contra el terror. No solo en acciones armadas; sobre todo, según la fórmula de Galula, en la creación de instituciones representativas de la sociedad civil.
La guerra de Irak está lejos de haber terminado, desde luego. Pero lo alcanzado en el último año, según el análisis de Herman, es notable. Son los terroristas quienes están ahora a la defensiva, cada vez menos seguros en el seno de una sociedad en la que tanto suníes como chiíes dan cada día más muestras de fatiga y hartazgo con los atentados suicidas y colaboran con el Gobierno y la contrainsurgencia. Un hecho fatal para los llamados “resistentes” es haberse empeñado en implantar la “sharia” en los pueblos que dominan. La regresión que significa prohibir a las mujeres estudiar y ejercer una profesión, aplicar castigos corporales como amputaciones de miembros y la lapidación de las adúlteras, para los sectores suníes, los más evolucionados y modernos de la sociedad iraquí, ha hecho que se rompiera la alianza que unía a estos con los grupos fundamentalistas y los incitara a colaborar con las autoridades.
Es todavía prematuro predecir cómo terminará la guerra de Irak. Sin embargo, es seguro, a juzgar cómo se trata este tema por los diversos candidatos en la campaña electoral, que, sea quien sea el futuro Presidente de Estados Unidos, aquella no terminará como Vietnam, con una espantada estadounidense. Y ya no es imposible que, pese a todos los horrores que ha experimentado y experimenta todavía el pueblo iraquí, termine con un país pacificado y sin sátrapas, que construye poco a poco, por sí mismo y con el apoyo del Occidente democrático y liberal, un futuro de coexistencia, legalidad y libertad. Si así ocurre, esperemos que a alguien se le ocurra poner a una calle o una plaza iraquí el nombre de David Galula.
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2 comentarios:
Carlos Sandoval: (2008-01-27 15:26:24 horas)
Cual guerra?
Eso simple y llanamente se llama:
I N V A S I O N !!
Pepe Recinos: (2008-01-27 11:46:24 horas)
Este señor debía de tener un pensamiento como el de Ron (salú) Paul y decir que los USA solo debían dar el talegazo, conseguir sus objetivos militares y largarse de allí. Al hablar de este Galula ¿qué debemos leer entre líneas?. Tal vez que la guerra de Irak es una buena guerra y que tiene la esperanza de que se gane con un tipazo como el general que está imitando al Galula. Es extraño que un genio literario esté justificando en forma sutil la malvada intervención en Irak, deseando que se instale un gobierno al estilo occidental, como si no conociera para nada el pensamiento y acción de los pueblos árabes. También como si toda la destrucción y el espanto generados, se pudieran borrar con la Acción Cívica de la Army (eso se puso en vigor en otros países latinomercianos y no dio resultado). Según este escritor, pareciera que los esclavos y sus hijos deberían agradecer las migajas que les tira su amo esclavizador, quien además los guiará mostrándoles la única verdad verdadera sobre la democracia.
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