Ahora ya casi no regalan calendarios. En la casa de mi infancia, en cada habitación colgaba un almanaque, obsequio por su compra en la librería La Lectura o la farmacia Godoy. Traían estampados paisajes alpinos casi todos, y en los ratos de hastío me paseaba por esas cumbres nevadas creyéndome Heidi. En las perfectas cuadrículas de la contrahoja, solía tachar con marcador desde el primer mes todas las fechas especiales, inicio de clases, cumpleaños de parientes y amigos, días feriados, vacaciones escolares. Contaba los días que faltaban para el siguiente nimio evento y recuerdo la desolación que anticipaba una semana sin marcas que alteraran la ordenada monotonía de los días.
De modo que inventaba fechas: para que mi abuelo dejara de fumar, para empezar a ir sin camiseta al colegio, para terminar de leer un libro. Cada pequeña marca era un triunfo que me hacía dueña del tiempo, una auténtica reina de los días. Y qué decir del placer incomparable de arrancar con gesto imperioso la hoja caduca, cierta sensación de empujar al tiempo. Talvez, pienso al cabo de los años, a eso se refería mi abuelo cuando con una sonrisa asomando a las comisuras hacía aquel críptico comentario: “Hay caballos que se creen jinetes”.
Al dejar esa casa de los calendarios, empezó la prisa. No había que afanarse más, los cuadritos se llenaban solos, lo cual era un alivio y también una pérdida. Los compromisos abarrotan los días y dejan cada vez menos espacios vacíos para pasear por ellos como por playas desiertas, escogiendo el sitio ideal para afincar la bandera. Los meses se alargan, aunque nos olvidemos de pasar la hoja.
Enero nos devuelve al calendario, ese querido objeto. Voy como las abuelitas y compro el mío en la ilusión de conquistar las días —heroica yo—a pesar de saber que los días acabarán por dominarme a mí.
Pero es principio de año y empiezo a llenar mi almanaque con la ilusión de un niño al que le regalan un nuevo álbum de estampitas.
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