Es una situación agusanada: un Senado que ha optado por honrar sus muy mediterráneas tendencias circenses, un Primer Ministro de centroizquierda naufragando a sólo veinte meses de haber iniciado su mandato, y un Berlusconi que es como un lobo que bebe de las ubres de un nene.
El nene –que jamás termina de nacer– es entonces la política italiana. Un editorial de El País lo pone más claro: “el secuestro de cualquier actividad gubernamental por grupúsculos muchas veces con intereses parroquiales”. Como caer con todo y Vespa por un acantilado de rocas muy costilludas. En el Senado se vieron rituales que sólo se han visto en las cantinas más desalmadas (ultrajes, escupitajos, desmayos).
El Presidente Napolitano le había advertido a Prodi que no navegara en esas aguas. Sobre aviso no hay engaño. Digamos que ahora no podrá repetir, como el César: “¿También tú, Bruto?”.
La política no es más que el sumo ejercicio de la compensación. No haber percibido esta definición le costó el poder a Prodi, quien ya en 1998 había caído, en condiciones similares, aunque aquella vez fueron los comunistas quienes le retiraron el apoyo. Ahora, se dio eso de la investigación del Ministro de Justicia Clemente Mastella, quien renunció el 16 de enero, y se llevó consigo la única esperanza de salvar la coalición. Los democristianos se la cobraron bien cara a Prodi. Un auténtico Blitzkrieg.
¿Transición o diligencia? Sabemos que Berlusconi tensiona para que se den las elecciones anticipadas (Berlusconi, en palabras de Eco, posee “una elevada inteligencia operativa”).
Napolitano, por su lado, ha empujado ayer solamente una propuesta de carácter interino.
Siempre nos ha parecido que Italia tiene algo de latinoamericana. Estar en Italia se siente un poco como estar en casa.
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