La batalla de cascarones en el centro de la ciudad.
José Rodolfo Pérez Lara
De especial manera quiero compartir con usted y le pido que a la vez comparta, estimado lector, lo que le venga a la memoria de aquellos momentos tan agradables de la niñez, adolescencia y juventud. Mencionaré lugares donde nacían o se afirmaban amistades y hasta enemistades. Esto puede representar para sus familiares y amigos recordar pasajes de lindas tradiciones que hemos perdido. La experiencia va acompañada de aventuras que vale la pena traer a la mente. Agradable página de nuestra generación y parte de una comunidad armoniosa que vivía en extraordinaria tranquilidad.
Unos 20 días antes del carnaval, empezaban a circular por lugares específicos los recursos bélicos, dependiendo cuál era el mensaje que se quería trasmitir. Empiezo por los parques Central y Concordia, hoy perfectamente bautizado como parque Gómez Carrillo, en honor a nuestro ilustre escritor; el cine Lux el sábado por la tarde o domingo por la mañana; la salida del colegio de regreso a casa o con una estación en las salidas de los colegios de mujeres del centro o aprovechando un viajecito en bus o en carro; en fin, qué les cuento, lugares que constituían el territorio más importante de la ciudad.
Donde los sentimientos eran más intensos, el uso de cerbatanas con maicillo representaba el arma letal o un cascarón con harina. En el caso de simpatías escondidas entre jovencitos y jovencitas podía ser que, en ausencia de poderle dar un abrazo o un beso a una muchachita, como hubiera sido el verdadero deseo, el impulso sustituto se manifestaba quebrándole un cascarón con pica-pica.
Ambos sabían que al buen entendedor se le habla por señas. Los amigos que los acompañaban, también enterados de la intención de amor escondido, externaban ricitas y hacían mutis. Los únicos que conservaban el secreto eran los actores.
Con etapas como la fiesta del Lawn Tenis, el momento estelar era el mero día de Carnaval, el fiestón con disfraces en el Club Guatemala respondía a un lleno completo, en donde nos hacíamos presentes un buen número de los niños, adolescentes y jovencitos, con la tutela de nuestros papás, de acuerdo a la edad y la época que vivíamos. Allí concurrían las mujercitas más lindas que uno se pudiera imaginar: arco iris de bellezas vestidas de colores y acompañadas por las serpentinas o el confeti que nos tirábamos. Todo era un sabor multicolor en honor a su belleza. Colorín colorado, con mucho más qué decir y dejarlos en qué pensar, este cuento se ha acabado.
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3 comentarios:
Isckra Ibarra: (2008-02-02 19:15:12 horas)
Es importante darle nueva vida a los carnavales. Como el de Mazate, debieramos aprender a volver ser un poco niños, donde el reir, el jugar, el gozar sanamente de una buena carcajada y la energia positiva que genera el tan solo acto de SER FELIZ.
Cuando se vive con tanto victimismo, enfermedades sociales, depresiones y presiones.....es una medicina para el alma y una esperanza para el espíritu el usar tanta energía para convertirla en una acción positiva....y por fin reconocer que -a pesar de tantas arideces y desengaños- podemos reir y carcajearnos como un niño a fin de darnos al menos cuenta que aún podemos soñar....
joaquin medina: (2008-02-02 08:31:58 horas)
da pena que El Periodico desperdice una columna de opinion, este articulo es cursi, anticuado y elitista, digno de alguien que no merece tener este espacio.
Mario Godoy: (2008-02-02 06:54:03 horas)
Quebrar el cascaron lo mas suavemente posible, lo cual casi era una caricia. Que tiempos aquellos.
3 comentarios: