Fui al baño del gimnasio y me senté distraída. Pero entonces, ya en posición “in fraganti”: un póster publicitario pegado contra la puerta del cubículo y justo a la altura de mi vista. No recuerdo el contenido, solo el insulto. Salí de ahí indignada y encaminé a tirar el recipiente de papel del café que había tomado para calmar la rabia, y ¡zaz!, me encuentro en el flamante basurero nuevo un discreto letrerito cortesía de no sé quién recordándome que los anuncios están hoy en todos lados y que las mejoras y el ornato no son gratuitas. En la calle, un camión con publicidad móvil iba a vuelta de rueda sobre la carretera. Al rebasarlo, un par de huevos estrellados en la parte trasera de un autobús urbano me vieron con ironía.
La ciudad entera –¿pero cuál ciudad?– está embobinada en gigantografías. Si vemos hacia arriba, una inmensa pantalla de televisión transmite sin cesar comerciales a los conductores del bulevar. Las pasarelas también están tomadas. Tengo ganas de gritar ¡basta! Autoridades municipales, publicistas, anunciantes: pongan freno a esta invasión de espacios ciudadanos. ¿Acaso no tenemos derecho de transitar las calles públicas, a tomar un bus urbano, a ver el cielo, a poner la basura en su lugar, a sentarnos tranquilamente al inodoro sin ser sujetos de acoso?
Los muppis parpadean en cada esquina. Atrincherada en resistencia intento esquivarlos con la vista clavada al piso. A cada frontera que traspasa la publicidad, los ciudadanos reaccionamos amurallando la percepción y anestesiando los sentidos. Me asalta de pronto el temor de ver la acera pintarrajeada por algún anunciante. Pero no, me recuerdo en tono tranquilizador, mientras luzca resquebrajada y sucia nadie querrá anunciarse en ella. Así que camino aliviada en una ruina de banqueta, sorteando alegremente las raíces de la jacaranda y los pétalos que empiezan a caer.
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