El episodio 25, un tributo a esa producción indígena.
Irmalicia Velásquez Nimatuj
Al estudiar la macroeconomía del país queda claro que a partir de la Colonia Guatemala ingresó al mercado mundial con los ciclos de los monocultivos. Primero fue el cacao. Lo sustituyó el añil, luego la cochinilla que fue sustituida por el café, que se inició en 1840 pero se fortaleció con la Revolución Liberal de 1871. El café se mantuvo hasta finales del siglo XX como el principal producto de exportación.
Sin generalizar, es alrededor de esa monoproducción que gira la reconstrucción de la vida, la resistencia y las violaciones que enfrentaron los diferentes sectores subalternos. Y es en nombre de esta monoproducción que se omite y se deja al margen la diversa producción de las mujeres y de los pueblos indígenas.
El registro del presente no ha girado mucho de cómo la Historia se ha escrito. Se asume que los indígenas son pueblos sin aporte, de hecho si se analizan desde los ojos del mundo occidental terminan catalogados como pueblos sin cultura. Es ese eurocentrismo económico-cultural el que impide que se reconozca y se valore la rica producción de las cientos de comunidades que conforman Guatemala. Desde lo artesanal –diverso y original– pasando por la gastronomía, que sazonada con ingredientes silvestres ha permitido que poblaciones completas no mueran de hambre, hasta la producción de tejidos, la más conocida por la explotación folclórica que de los mismos se ha hecho.
Pero amar a Guatemala y soñar con verla mejor implica reconocer que diariamente miles de manos indígenas producen, pintan, diseñan, matizan o reciclan para mantenerse y para reproducir sus culturas. El episodio 25 de Entrémosle a Guatemala es un tributo a esa producción indígena que es anónima, que es despreciada –porque quienes los elaboran son analfabetas–, que es ignorada porque no es reconocida en los libros de Historia oficial o en las páginas de los boletines económicos nacionales, o porque no se anuncia a página completa en los medios impresos.
La edición se registró con el ojo artístico, comprometido e incansable de Ana Carlos y de su equipo.
Y con la pluma de Harris Whitbeck se intentó mostrar que a lo largo de la Historia, Guatemala no es solo monocultivos o las crisis de estos, sino el trabajo de miles de productores: hombres y mujeres, ancianos y niños, familias y comunidades que para respirar se aferran a su arte y a su producción.
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2 comentarios:
Alberto Rojas: (2008-02-04 11:45:41 horas)
es de reconocer el gran esfuerzo y dedicación que tienen a la actividad agrícola en esta tierra bendecida, las comunidades mayas.
El trabajo no es una virtud no es era una virtud característica de los conquistadores porque recordemos que muchos venían a buscar una vida fácil y consideraban el trabajo como algo de esclavos y no digno de la "nobleza" segundona de la provenían. Pensamiento nefasto que han heredado los corruptos políticos guatemaltecos de hoy en día.
Manuel Lopez: (2008-02-04 10:10:04 horas)
este silencioso esfuerzo que se dá en Guatemala y se sostiene gracias al trabajo, empeño y dedicación de estos hombres, mujeres (desgraciadamente hasta niños, ojala que ya no sea así) que todos los días cosechan deliciosas frutas, verduras y otros productos que también disfrutan en CA, EEUU, Europa y otras partes del mundo, debería ser reconocido que en esta tierra se han dado muchos cultivos que hoy llenan las mesas de nuestro país y del mundo con recetas heredadas de los pueblos mayas que han habitado esta tierra en diversas circunstancias.
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