La novela de Mario Monteforte Toledo Entre la piedra y la cruz marcó una era de nuestra literatura y es modelo en la creación de autores posteriores.
Por: Méndez Vides/Viaje al centro de los libros
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La novela de Mario Monteforte Toledo Entre la piedra y la cruz marcó una era de nuestra literatura y es modelo en la creación de autores posteriores. La obra deslumbra porque a través de Lu Matzar, el protagonista maya, presenciamos las grandes contradicciones de nuestro país. Lu nació en la sierra, acudió amontonado en camiones a cortar café y caña, acompañó al padre a los juzgados, conoció la injusticia, se hizo maestro en la ciudad capital, ejerció el oficio y fue golpeado por la realidad, se transformó, se hizo soldado, golpeó a su propia gente. Sufrió y aplicó el escarnio. Matzar no es tratado con paternalismo, sino se yergue como cualquier ser humano que reacciona bajo condiciones extremas. Dante Liano publicó hace diez años El misterio de San Andrés, novela ambiciosa que plantea la reacción social vengativa en la memoria del zafarrancho de Patzicía tras la caída de Jorge Ubico. El protagonista es Benito Xocop, quien va a la escuela, al juzgado, es víctima de la injusticia, se opone a la violencia y se niega a participar en la masacre, pero luego es aprehendido como cabecilla, condenado a envejecer en la prisión, y que muere débil y desesperanzado tras el indulto. La diferencia entre Matzar y Xocop es que el primero es un hombre bueno que se vuelve malo porque lo golpean como chucho, mientras que el segundo aguanta los golpes sin malearse, y repite la tradición cristiana de la Pasión, pero sin gloria, siendo memoria del vencido o eco del fin de la utopía. Ronald Flores también navega tímidamente por la misma corriente en El informante nativo. El protagonista se llama Viernes, como el nativo que acompaña al náufrago más famoso de la literatura europea. Es revestido de la imagen india con cierto aire de personaje sacro, bienvenido con ritos folclóricos, aunque sus raíces se pierden al ser trasplantado a la capital. Sus hermanos poseen nombres mayas, pero Viernes juega de mestizo. La variación es que por encima de la oposición entre indios y ladinos sobresale el drama de las clases sociales. Viernes es un pobre viviendo en los barrios marginales, y se libra del mal destino porque estudia, lee y las instituciones lo ayudan gracias a su dedicación y origen. Pasa por la primaria, secundaria de pago y universidad, que son su universo. Nunca sale al mundo real ni presencia o participa en hechos épicos. Es individualista. Se quiere salvar él. Se mezcla con ladinos, extranjeros y oenegenistas, se acuesta con una rubia que es atraída por el exotismo hasta que Viernes se descubre advenedizo. No pertenece a etnia o país alguno. Es un chucho al que apalearon hasta arrancarle su identidad y orgullo, un arrimado. Flores es joven, de escribir apresurado, y por llenar páginas nos cansa con pasajes de la historia de Tikal, investigaciones didácticas, o aburre repitiendo la palabra “aborigen” hasta el hartazgo (en las páginas 76 y 77 se repite 18 veces). Pero fuera de accidentes técnicos, lo importante en esta obra es la preocupación por un tópico delicado, el arribismo ante el poder de los grupos desfavorecidos y cómo afecta la corrupción su estado de conciencia. |
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