Recuerdo que en el primer carnaval que celebré en mi vida, anduve toda una mañana vestido de pingüino. Mi madre había confeccionado el traje durante una semana y estaba henchida de orgullo.
Lo porté para la ocasión durante muchos años. Para ella era algo así como la apoteosis de su accidentada carrera de costurera aficionada.
En aquel entonces uno no celebraba el carnaval sino que lo jugaba. Así nos decían en el colegio: “Mañana vienen preparados que vamos a jugar carnaval”. Llegar preparados significaba ir vestidos con ropa de batalla, por lo del retozo y los cascarones, aunque cuando la directora estaba de buenas, también podía significar llegar disfrazados.
Yo me recuerdo caminando las siete u ocho cuadras que separaban el colegio de mi casa vestido de pingüino. Me acompañaba una amiga de la colonia a la que su mamá vestía de berenjena. Mi traje era original, pero jamás llegué a ganar concurso alguno. Por lo general se los ganaban dos “cuates” que compartían un disfraz de dromedario. Fueron la sensación del colegio porque además se habían aprendido un caminado realmente complicado. Hasta la vez que se rompieron la crisma. Las piernas se les enredaron y ahí murió su reinado.
Se murió el carnaval también, porque prohibieron los cascarones. La culpa la tuvo el matoncito de la clase cuya especialidad era la pica pica mezclada con chile cobanero. Todo un cerebro del mal, al que con los años me encontré en un aeropuerto convertido en hare krishna. Me quiso vender el Bhagavad Gita al doble de lo que costaba. Yo le recordé que por su culpa se había acabado el carnaval, y él se disculpó aduciendo que el lamentable acontecimiento había ocurrido en una de sus tantas vidas pasadas (según comprendí, tenía varias). Ahora, me explicó, nada de carnaval, nada de carne, espíritu puro.
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