La patria puede revivir y vencer a la súbita muerte.
Dávila Estrada
Mucha gente reconoce el primer verso de la Rusticatio, “Salve cara Parens, dulcis Guatemala, Salve”. Es casi lo único que se conoce del célebre poema de Landívar, el primer verso de 34 que componen el preludio dedicatorio o invocación, al que siguen 17 secciones —advertencia, 15 cantos y apéndice. Más que al país (aún inexistente como tal en los años de la composición de la obra, hacia el último cuarto del siglo XVIII), la dedicatoria se dirige a Antigua Guatemala, recién abandonada como capital del reino ante su casi completa destrucción por fuerzas telúricas.
“Aquellos torreones”, lamenta el poeta, “ciudad antes fueran, y ahora montones de piedras. Ni casas, ni templos ya quedan, ni plazas que junten al pueblo”. Dramáticamente, describe: “Ya todo se vuelca rodando entre ruina violenta”.
Una licenciosa lectura actual señalaría, no sin sorna, cierta vigencia simbólica de la invocación landivariana: con todo y nuestras casas y nuestros templos, algunos verdaderos torreones; con todo y la reunión de gentíos en colas eleccionarias o en diversos espacios públicos; Guatemala continúa volcada entre una ruinosa violencia, rodando y conjugando aún en presente un aparentemente imparable viaje al precipicio… Landívar, claro, es poeta e idealiza desde lejos y desde un nostálgico exilio, por lo que le complace saber que “ya del sepulcro resurgen excelsas mansiones, y altivos se yerguen los templos al cielo”. Nosotros, hoy, empero, nos equivocaríamos si pensáramos que bastan tales resurgimientos para afirmar que ha vuelto “del mismísimo polvo de nuevo la vida”.
En efecto, la patria puede volver a vivir y “vencer a la súbita muerte”. La que han traído los terremotos y otros eventos naturales, ya está visto. No tan claro es el sometimiento de la muerte menos súbita de genocidios y masacres, en el pasado reciente o remoto; la de las dictaduras coloniales, criollas o neo-coloniales; y la que cultiva la marginación, la exclusión y el abuso. Es tarea épica, sin duda, y atañe en buena medida al espíritu, al ánimo, al talante nacionales. Épica es también porque necesita, además de ciudadanía de toda cepa, de genio poético. No porque la cuestión se reduzca solo a un trabajo de lenguaje (aunque sí hay algo de eso, como de cierta conjuración de imaginarios), sino porque implica creación y construcción laboriosas, vocación apasionada. ¿Podremos algún día cantar con propiedad “Alégrate, Patria inmortal … de nueva ruina ya libre, pervive mil años”?
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1 comentarios:
Regina Fuentes: (2008-02-06 07:23:54 horas)
Muy interesante… me llama la atención la alusión a Landívar, sobre todo porque para él Guatemala realmente era su “patria”. Y es que para trabajar por ella y para que “reviva”, necesitamos un verdadero sentimiento de pertenencia. Hace más de ocho décadas decía un periodista guatemalteco: “hacer patria quiere decir despertar en el alma popular ese sentimiento de la nacionalidad capaz de engendrar los grandes servicios”… esa sigue siendo tarea pendiente para nosotros los guatemaltecos. Para revivirla, debemos empezar por crearla para todos. Crear una patria donde todos estemos representados y por la que todos estemos dispuestos a hacer “grandes servicios”…
Excelente artículo.
1 comentarios: