“Recuerda hombre que eres polvo y en polvo te convertirás…”, y los feligreses, pana y estameña, se iban retirando a pasos cansinos, con una pesadumbre en el gesto que no solía caracterizarlos habitualmente. ¿Cómo es posible que algo tan liviano como la ceniza pesara tanto? La ceniza era de nogal o castaño, maderas estas que siempre se convertían en la indumentaria última: la misma nobleza vegetal resaltaba la categoría de las arcas, las puertas y las cómodas que la de los ataúdes.
¿Cuántos ateos había en mi pueblo? Seguramente ninguno. Pero la mayor parte se las daban de anticlericales, no tanto por convicción cuanto por las supuestas o reales prerrogativas del cura. Al cura no se le quería, pero se procuraba fingir que se era su amigo. Con él se iba de caza, se jugaba a los naipes, se le invitaba a tomar chocolate con churros en algún cumpleaños, pero no se confiaba en él, y hasta se enarbolaba la mordacidad respecto de su vida y de su persona, en más de un chisme o de un chiste subidos de tono.
A muchos de los aldeanos no era fácil verlos por la iglesia. Sin embargo, nunca solían faltar el día de San Antonio –patrón del pueblo, suplente de San Bartolomé–, el día de San Isidro –patrono de los labradores–, el Jueves Santo y el Día de Difuntos –porque todos se sentían de luto–, y, desde luego, el Miércoles de Ceniza. Es posible que ninguna liturgia calara tanto en el ánimo de todos como la de este día.
Y había que ver al anochecer al cabrero, el pastor, el borriquero, el boyero, el herrero, el porquero, el zapatero, el barbero, el carpintero, el dueño del bar, el que capaba las marranas –cuya estirpe hoy ha sido raída de aquel ámbito como por una peste–, ostentar todavía orgullosos, cual si se tratara de una herencia regia, la aureola de la ceniza que habían recibido por la mañana temprano, antes de iniciar la ruda y bucólica tarea diaria.
¿Por qué la religión, la gravedad y la tristeza tenían que ir siempre de la mano? ¿Qué explicación puede tener esto? Quizá la misma que la impaciencia de los almendros, que, como aquí la de las jacarandas, comenzaban a encumbrarse por los barandales de febrero, preludiando una primavera que comenzaría el 21 de marzo, cuando aún no habían capitulado del todo las nieves de un invierno iniciado el 21 de diciembre. Pero si el hombre no es ajeno a la naturaleza, sino, en algún sentido, su centro mismo, ¿qué puede tener de extraño que los ciclos naturales que expresan la vida del universo expresen también, de manera parecida, la siempre sorprendente vida del hombre?
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1 comentarios:
María Teresa Mendoza: (2008-02-06 09:33:46 horas)
Que bonito es saber cosas interesantísimas que nosotros los jóvenes no sabemos,me gusta como escribe el colimnista D. amable Sánchez,estas si son para dedicarle tiempo Y MEDITACIÓN en la lectura,no como otras colomnas que nada tienen,solo insultos y defendiendo a personas de dudOsa reputación. Saludos siga adelante. María Teresa Mendoza
1 comentarios: