No hay que ir muy lejos para descifrar la crisis de seguridad de estos días. Basta con volver los ojos hacia El Salvador y Honduras, donde varios gobiernos tozudamente intentaron frenar las maras a sangre y fuego, y fracasaron. Removieron el avispero logrando la milagrosa acción de reconciliar a los jefes de clicas rivales, y estos, al cerrar filas, escalaron la respuesta violenta contra las autoridades y la población blanco de sus extorsiones, arrastrando tras de sí maras que todavía no eran estables ni extremadamente agresivas. Ni siquiera hay que traspasar fronteras para aprender lo que no se debe hacer. Durante el Gobierno de Berger, la eliminación sumaria de pandilleros fue práctica usual y, como se puede constatar dramáticamente, en vez de atemorizarlos, estos adquirieron más fuerza y creció su poder destructivo.
Entonces, ¿qué se puede hacer? Justamente lo que rezaba el eslogan de Álvaro Colom al final de su campaña: enfrentar “la violencia con inteligencia”. No me refiero solo a la inteligencia policial operativa. Hablo de la inteligencia estratégica que debe tener las herramientas para levantar fielmente la topografía de las maras y comprender lo esencial de su anatomía.
Por lo visto, las autoridades lanzaron su ofensiva sin esa inteligencia estratégica y sin prever escenarios. En primera instancia localizaron y capturaron mareros, y el MP fue su coladera.
Después, algunos policías fueron de caza y la capacidad de reacción de los pandilleros fue brutal: la emprendieron, como suele ocurrir, contra civiles.
Esa es la “mano dura” de la cual abiertamente habló Otto Pérez y de la que renegó Colom, aunque al ir a su programa de Gobierno, ahí están las nociones de una “súper-mano dura”. Es una visión operativa, que interpreta a quienes trabajaron en el terreno con rango de capitanes contra la guerrilla.
Consiste en ocupar barrios, vaciarlos por completo y reconcentrarlos bajo la protección de un campamento policial. Claro, después de hacer eso en cinco barrios, ya no habría policías en la capital.
Denunciar planes de desestabilización del crimen organizado, a estas alturas, es colocar el problema en un cuadrante equivocado. Y suponer que tras el telón actúan los maestros de la intriga, es ocioso.
Un eventual estado de excepción o militarización de las áreas urbanas podría servir como recurso psicológico que, acaso, salva la coyuntura; pero, al cabo, despierta más problemas de los que resuelve.
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