Por razones que no se nos revelan de inmediato, hay eventos donde percibimos que algo sucede o pudo haber sucedido.
Rosina Cazali/No lugar
Por razones que no se nos revelan de inmediato, hay eventos donde percibimos que algo sucede o pudo haber sucedido. Este es el caso de la exposición del artista Ugo Hernández, Imitación plebeya, la cual insiste sobre una reflexión crítica sobre un principio sencillo: el maniquí comenzó siendo un instrumento utilitario pero hoy se ha transformado en el modelo corporal a imitar. La muestra sugiere una visión cultivada por los escenarios mediáticos y los de la alta moda, a los cuales puede llamárseles de todo menos hipócritas. Pues su único pacto es con aquellas industrias cuyo único fin son las ganancias económicas.
Hasta ahí la exposición es correcta. Explora el tema y lo refleja bastante bien, a través de imágenes pulcras y bien montadas. No obstante, ¿dónde se ubica el sentido crítico al que se refiere si se limita a formas y razonamientos genéricos? En realidad el cuerpo es un tema que ha proliferado de tal manera que es difícil tomar distancia. Y el gran problema de esta exposición es que insiste sobre la belleza del objeto pero no lo disecciona más allá de su obviedad. Desde las fotografías fenisiculares, de zulúes desnudos que tanto gustaban a los victorianos, hasta toda la era Mappelthorpe, fotografiar el cuerpo estimuló su propio agotamiento. Mucho se ha dicho sobre él y es muy difícil encontrar algo que lo transgreda más de lo que ha sufrido. Como recipiendario de tantas presiones, que han redimensionado la sexualidad y el género, el cuerpo viene siendo desde hace tiempo la representación más directa de los cambios y proyección de lo ideológico, lo político y lo moral de nuestras sociedades. Esa visión del cuerpo ideal, que tanto inquieta desde hace décadas, viene provocando una narrativa futurista, basada en el body art cibernético y la idea nazi que propone –a lo Gattaca– que la forma humana primigenia se está volviendo obsoleta. Lo que no nos dicen es que este futuro literario proyecta los temores del presente: por el miedo al Otro, la marginación, la estratificación social y el racismo. Es un temor que valdría la pena ubicar en nuestro propio medio.
Y generar preguntas que nos hagan pensar desde el aquí, hoy, en Guatemala, donde los cuerpos son penosos y la convención nos dicta a cubrirlo, a no tocarlo, a no disfrutarlo. Una indagación fundamental sería preguntar cómo entendemos nuestros cuerpos desde la mirada que separa los rasgos indígenas de los ladinos. Una pieza de los noventa que resolvía este dilema, de las más críticas y menos comprendidas de Luis González Palma, fue un díptico donde confrontaba dos arquetipos: el perfil de una estatua griega y el de un indígena. No había necesidad de grandes textos explicativos.
Imitación plebeya fue un buen primer paso. Ahora toca dar la segunda mirada sobre el cuerpo y lanzarse hacia el vértigo de sus posibilidades. Lo contrario es como dar perpetuidad a esa visión enfermiza e indolente que aplaude la cultura de la belleza perfecta.
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