Evaporada la adolescencia, las preguntas, las respuestas, los detalles, se desvanecen con ella.
Ana María Rodas/La Telenovela
En la adolescencia mi amiga más cercana fue Lissette. Formábamos parte, su familia y la mía, de aquella clase media guatemalteca, ahora dispersa y dislocada, que se relacionaba en razón del barrio en el que le tocaba vivir.
Mi barrio estaba situado entre las iglesias de Belén y de las Beatas de Belén, vivíamos en el Callejón Aurora y poco habríamos tenido que ver con los habitantes de Gerona, pero una tarde, a la salida del cine un amigo mutuo me presentó a Lissette y congeniamos rápidamente.
Ni ella ni yo teníamos hermanas; ambas echábamos de menos la cercanía de una amiga con la que hablar de las cosas que las adolescentes necesitan discutir y revisar para ir adquiriendo poco a poco algún conocimiento de la vida que no llegara en forma de admoniciones paternas o experiencias librescas.
Los padres de Lissette eran una pareja bien avenida que recibía con los brazos abiertos a la pandilla de la que pasé a formar parte. Nos dejaban tranquilos apiñados en los muebles de la sala y no se quejaron jamás del bullicio normal de los adolescentes.
Casi todas las tardes del año en que cumplí los quince salía de la redacción del diario en el que trabajaba, pasaba rápidamente a la casa para reportarme y avisar que me iba a casa de Lissette y enfilaba hacia Gerona. Mi amiga estudiaba un secretariado con las monjas del Belga y a veces cuando me abría la puerta de la casa, llevaba aún el consabido jumper de lanilla azul marino que, con leves variaciones, usaban las alumnas de todos los colegios guatemaltecos de la época.
Los Bennett, pero solo los varones de la familia, formaban parte del grupo juvenil y a su debido tiempo Richard habló con don Roberto y doña Lily para pedirles permiso de ser novio de Lissette. Esa formalidad, desaparecida en estos días, nos permitía otro tipo de salidas porque ya existía un compromiso más serio.
En el carro de los Bennett, un Lincoln de color bronce íbamos los domingos al centro deportivo universitario. Richard y Jorge se empeñaron en enseñarnos a jugar tenis y Lissette hizo todo lo posible por aprender pero los deportes no eran su fuerte, así que más tarde o más temprano parábamos ambas sentadas a la orilla de la piscina hablando de esas cosas que las jóvenes hablan.
Son tan misteriosas las conversaciones de las adolescentes que cada mujer, al terminar esa etapa, suele olvidarlas del todo. Años más tarde he hablado con amigas sobre los contenidos de esas largas, serias y afanosas conversaciones y ninguna ha podido darme, a ciencia cierta, detalles de sus pláticas de tal época.
Casi sin excepción las mujeres recuerdan haber estado interesadas en los muchachos y en el amor, pero son incapaces de recordar cuestiones precisas. Evaporada la adolescencia, las preguntas, las respuestas, los detalles, se desvanecen con ella. Solo permanecen en la memoria unos cuantos fragmentos deshilachados. El camino por el cual se llegó a la muy relativa madurez de la primera juventud ha desaparecido y no hay forma de desandarlo.
Sé que mis pláticas con Lissette abrieron brechas que se transformaron en los caminos por los que más tarde anduve, pero por más que he tratado de hacer memoria solo logro encontrar el leve perfume de las pieles jóvenes, de los rostros inmaculados de los cachorros humanos.
Como es natural, terminada aquella etapa se abrieron nuevos derroteros. Entré a la Facultad de Humanidades, Lissette se graduó y empezó a trabajar en una oficina. Continué jugando tenis por un tiempo y jamás dejé la natación, pero terminaron las visitas a la casa del barrio de Gerona. Dolores de crecimiento creo que les llaman.
Una tarde, años más tarde, el Bicho me llamó por teléfono. Lissette estaba en el hospital. La habían rescatado de una avioneta caída en algún paraje entre México y Guatemala. La nave se había incendiado y Lissette sufría quemaduras terribles. La espera en el hospital era espantosa, pero sabíamos que nuestro dolor no era nada comparado con los sufrimientos de ella.
Lissette se fue; le hicieron una transfusión de sangre que precipitó su muerte. El grupo la vivió como el final de la espantosa tormenta en la que perdimos el candor y que nos desperdigó irremisiblemente.
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3 comentarios:
María Gabriela Collado: (2008-02-27 11:30:27 horas)
Lissette Castillo Mansilla, hija de su amiga Lissette, es mi amiga, mi amiga del alma aquí en España en donde ambas vivimos. Me ha encantado su historia y me he tomado el atrevimiento de hacer un link desde el blog en el que escribo (http://causavsefecto.blogspot.com) como regalo de amistad hacia Lissette y, a través de ella, como tributo a su madre. Es bueno que esta clase de lazos se mantengan y se recuerden y que puedan servir de estímulo como símbolo de la verdadera amistad. Un saludo desde España y gracias por saber transmitir tanto sentimiento con sus palabras.
Juan Manuel García: (2008-02-25 16:20:18 horas)
Estimada Ana María, Estoy casado con Lissette Castillo Mansilla, hija de Lissette su amiga y hemos llorado esta noche en España donde vivimos leyendo su historia y gozando de alegría de saber que sigue viva en el recuerdo de las personas que como usted la amaron. Me encantaría que nos escribiera y le enviaremos fotos de Lissette y de nuestros hijos, nietos de su amiga. Aquí tiene su casa y nos gustaría tener su teléfono. Un beso y un abrazo y mil gracias por recordarla..
carlos lopez: (2008-02-17 04:25:13 horas)
muy bonita su historia sobre la adolecencia, y al conocer a una amiga como usted que se llevaba bien con Lisett , que hasta en el ultimo momento estubo usted. es ahora dificil encontrar amigos(as) que cuando eramos jovenes siempre estabamos presentes en los problemas de la vida ahora es raro ver o oir un caso como el suyo,
3 comentarios: