Estuve por el hospital general del IGSS: las bancas llenas de gente procurando con disimulo adivinar la miseria de los otros, aunque evitando cruzar miradas. La sombra sucia de una cabina telefónica arrancada de una pared color verde antiséptico. El andar arrastrado de los enfermos por los corredores, contrastando con el fluido trote de las enfermeras y los médicos en batas blanqueadas a cloro. No sé si solo por escapar del olor astringente de la sangre y el dulzón de las heces apenas cubierto por el aroma a desinfectante, pero le entraban a uno unas ganas desesperadas de abrazarse a esas batas que en la luz artificial parecían luminosas.
Salí a un sol de verano, a encontrar la llanta trasera de mi carro alicatada con un cepo anaranjado. En la prisa me había estacionado la cuarta parte de mi auto en línea roja. Me sentí comprensiblemente contrariada –e inexplicablemente feliz–. Anduve con la boleta de mi multa a paso ligero entre el humo de las camionetas y el malhumor de los conductores. Me sorprendió el regocijo con que saqué los billetes para pagar la infracción en el mostrador de la Minimuni. Y el extraño vigor que llenaba mi cuerpo ante la perspectiva de volver andando hasta el auto bajo la luz cegadora del mediodía.
Y no sé, entendí la excitada aglomeración de gentes alrededor del motorista atropellado, la morbosa satisfacción de chismear sobre las desgracias ajenas, la demente algarabía de los vaticinadores de catástrofes. Es la posibilidad de la muerte y más aún su cercanía en olores y visiones lo que remueve en nosotros el deseo de vivir, aletargado en la rutina y las mentiras que nos contamos para sentirnos a salvo. Una dosis de muerte (suficientemente ajena) es la sacudida que necesitamos a veces para salir corriendo a abrazar la vida, con todas sus miserias y contratiempos.
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