¿En qué medida dependemos de la suerte? ¿La hacemos nosotros o es ella la que nos hace? ¿Existe objetivamente o es un recurso de nuestra imaginación, nuestra incertidumbre o nuestro miedo, para justificar nuestros errores, nuestra pereza o nuestra falta de previsión?
Según el Diccionario de la lengua española de la RAE, es suerte el “encadenamiento de los sucesos, considerado como fortuito o casual”; “circunstancia de ser, por mera casualidad, favorable o adverso a alguien o algo lo que ocurre o sucede”; “casualidad a que se fía la resolución de algo”; “aquello que ocurre o puede ocurrir para bien o para mal de personas o cosas…” Según esto, pareciera que la suerte –buena o mala– tiene más que ver con la casualidad que con la voluntad del sujeto. Por casualidad entiende el mismo diccionario “combinación de circunstancias que no se pueden prever ni evitar”. ¿Pensaría también Ortega en esto, cuando escribió “el yo es el yo y su circunstancia”? ¿Qué circunstancia?
Si sostuviéramos que la suerte la hacemos o decidimos nosotros, incurriríamos en una incomprensible paradoja, tal vez en una insostenible contradicción. ¿Puede ser casual lo que se decide o planea? Voluntad y casualidad se manifiestan como incompatibles. Suele decirse que la vida es un juego. ¿Qué clase de juego?¿De niños o de tahúres? Pero el juego tiene reglas, que hay que conocer y respetar. ¿En qué medida las respetan los niños y en qué medida los tahúres? Quizá una de las primeras cosas que aprendió el hombre fue la trampa: es decir, la forma de saltarse o de violar la regla. Pero, por otro lado, tanto el niño, como el tahúr, como la gente en general pareciera que pusieran toda su esperanza en la suerte. Sin esta esperanza, ni se jugaría.
Así las cosas, ¿de qué está más necesitado el mundo, de suerte o de voluntad y trabajo? A Dios rogando y con el mazo dando, dice el adagio. No creo que Dios esté dispuesto a hacer por nadie lo que cada uno puede hacer por sí mismo. Hay un abandono en Dios que es sinónimo de fe y confianza, y hay otro abandono en Dios que es sinónimo de fatalismo, pereza o haraganería. El tahúr confía en la suerte, llega a ser hasta supersticioso, pero se entrena, estudia, trata de prever, incluso hasta, por paradójico que resulte, para urdir la trampa, violar la ley, y poner la suerte de su lado. Sabiduría ésta digna de mejor causa, pero sabiduría de alguna manera. No parece muy digno de un hombre libre cerrar los ojos, cruzar los brazos y pensar “Dios dirá”, “será lo que tenga que ser”, “a ver qué dice Dios”, “que sea lo que Dios quiera”. Somos prolongación de los brazos de Dios y como tales debemos emplearnos. ¡Haraganes!
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