“Status quaestionis, lo llamaban los antiguo escolásticos. Durante la homilía del Día de Reyes, en la Catedral Metropolitana, dije que los sabios de Oriente habían llegado a Guatemala sin el oro y solo con incienso y mirra, porque el oro, querido don Acisclo, se lo habían llevado en cantidades de muchísimas cifras hacia el norte. Era una alusión directa a una compañía canadiense, con sede en San Marcos, ayudada por testaferros chapines, que el año pasado exportó US$1.740 millones en oro, dejando apenas el miserable 1 por ciento de las regalías y un poquito más en este atormentado país.
Esta ocurrencia de su servidor, estimado señor ex Procurador General de la Nación y jefe del Ministerio Público, le motivó a usted, sin duda, a dedicar dos de sus columnas de opinión con el interesante y provocativo titular ‘¡Abra los ojos, Cardenal!’. Más de algún lector superficial, cual gacela adolescente huyendo de fiero cazador, creyó de primas a primeras que se trataba en el comentario de marras de una arremetida virulenta contra el cardenal. Pero, como sucede con gentuza que piensa más con el hígado que con la mollera, no se percató del resumen de la columna “El oscuro botín de la minería”. Me llamó la atención que más de 40 personas escribiesen comentarios a sus columnas y, como era de esperarse, unas a favor y otras en contra.
Obviamente, estimado don Acisclo, con muchas de sus afirmaciones estoy de acuerdo. Pero no en todas. Me permito enviarle algunas observaciones para puntualizar mi opinión personal y la de la Conferencia Episcopal en este asunto. No es mi pretensión que estas observaciones sean publicadas.
No es este el fin, créamelo. En realidad, don Acisclo, ¿qué opina el cardenal? No se trata de la opinión de monseñor Álvaro Ramazzini, como cree más de alguno. Ni de la opinión del cardenal, por supuesto. Es la opinión, tandem aliquando, de la Conferencia Episcopal de Guatemala, que aglutina todos los obispos del país.
No hay minería responsable. Me refiero desde luego a la explotación de metales –oro y plata– a cielo abierto. Las grandes transnacionales han desatado una campaña multitudinaria a nivel mundial para demostrar que hay en esta una minería responsable. Falso. Métase, don Acisclo, a Internet y vea la mayoría de comentarios denunciando la irresponsabilidad de esta minería (163 mil sitios). Es una lucha del débil David contra el soberbio Goliat, pero ya se vislumbra el guijarro en la honda de los pueblos indígenas, si no se asumen medidas a tiempo.
Hay que ver el horrible espectáculo y situación en que quedaron algunas montañas en Honduras. Y pienso con tristeza, ¿cómo se verían esos “parches pelados”, por ejemplo, en la todavía medio verde montaña de Santa Catarina Pinula, ya ocupada por centenares de viviendas? Imagínese usted estos parches blancos en el codiciado Cerro Alux. Y otro sí, licenciado. No es que “satanicemos” la minería; lo contrario, la minería de metales a cielo abierto “sataniza” a quienes en el excesivo afán de lucro pasan por encima de cualquier principio moral.
Los obispos no hablamos superficialmente. Más de algún ingeniero minero foráneo o testaferro, i.e., el que presta su nombre para un negocio ajeno, según el diccionario de la lengua, o un adicto a la nueva fiebre del oro, nos trata de ignorantes en un comentario a su columna. ¡ “Cómo no Chon”, diría indignada la abuela! Faltaba más. Estamos seriamente documentados y por eso hablamos. Y además, nos asiste el sentido común que en algunos empresarios parece ser a veces el menos común de los sentidos. Por caridad y amor de Dios, ¿un país minero? Según muchos expertos independientes no contagiados con esa fiebre, que solo sana con una verdadera conversión en dos cuaresmas, nuestro país tiene una vocación forestal, y turística”. (Continuará)
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