Estoy convencida que no hay dictador que dure cien años ni pueblo que lo resista. Ayer, Fidel Castro sorprendió al mundo apartándose temporalmente del poder y dejando las riendas del Gobierno a su hermano Raúl.
Y, a mi juicio, esta renuncia debería de ser el comienzo de la transición democrática en Cuba. Porque el gran problema de Fidel, como lo expresó el secretario de Estado francés de Asuntos Europeos, Jean–Pierre Jouyet, fue que este no entendió las evoluciones del mundo en los años setenta y ochenta, como tampoco la caída del Muro de Berlín y el derrumbamiento de la Unión Soviética en los noventa.
Fidel se aferró a un régimen totalitario, sin tomar en cuenta que el mundo avanzaba y que en algún punto iba a tragárselo. Y es por ello, que durante 47 años, Cuba ha permanecido a merced de un dictador, que se ha caracterizado por la violación permanente de los derechos humanos, donde tanto cubanos como extranjeros han sido encarcelados por sus creencias políticas, por intentar expresar sus ideas y particularmente, se les ha negado el derecho de vivir en una sociedad libre.
Según el informe de la ilegal Coordinadora Nacional de Presos y ex Presos Políticos (CNPP), Cuba cerró en 2007, con 290 presos políticos, muchos de ellos con un deplorable estado de salud dentro de las cárceles. Además, Cuba encabeza la lista de países con mayor número de periodistas en la cárcel, alcanzando una cifra de 24. Algunos han sido condenados hasta 30 años de prisión y todos se encuentran confinados a cárceles de alta seguridad, viviendo en condiciones de miseria y abuso.
Según la Coordinadora, actualmente existen en la Isla “315 prisiones conocidas; de estas, 56 de mayor rigor y 182 campos de trabajo forzado”.
Mientras tanto, Castro ha vivido a cuerpo de rey. Hace pocos años, la revista Forbes sugirió que Castro podría tener una fortuna personal de US$900 millones, lo ubicó como más rico que la Reina de Inglaterra y estimó su fortuna en base a “su poder económico sobre una red de compañías estatales” como el Palacio de Convenciones, la corporación Cimex, y Medicuba, que vende vacunas y otros productos farmacéuticos.
Mientras las décadas de gloria han acariciado a Fidel, los cubanos han sido sometidos a un régimen dictatorial, donde las elecciones libres han sido una utopía. Sin embargo, hoy puede abrirse un nuevo capítulo para Cuba y quizás el primer paso sería liberar a los cientos de presos políticos y periodistas que aún mueren en las mazmorras cubanas, sometidos a torturas físicas y mentales.
A mi juicio, le corresponde a la comunidad internacional comenzar a trabajar con el pueblo cubano, para que puedan caminar por una senda democrática, cuyo primer bastión debería ser la creación de instituciones libres. La Cuba de hoy, indiscutiblemente, es la de un país educado, con un promedio educacional cercano a 12 grados, casi un millón de graduados universitarios y una mayoría asistiendo a las escuelas.
Este legado educativo es un arma de dos filos, pues por un lado, podría ser una herramienta efectiva para construir un país más justo tras la salida de Fidel. O bien, podrían cumplirse los presagios que Castro hizo en su carta de renuncia, donde se muestra convencido de que la permanencia del régimen está asegurada, ya que “afortunadamente nuestro proceso cuenta todavía con cuadros de la vieja guardia, junto a otros que eran muy jóvenes cuando se inició la primera etapa de la Revolución”. “Ellos cuentan con la autoridad y la experiencia para garantizar el reemplazo”, según el mandatario cubano.
Uno esperaría que la renuncia de Castro trajera cambios positivos a la Isla. Pero siendo realistas, comparto la opinión de el portavoz del Departamento de Estado, Tom Casey, quien abriga pocas esperanzas de que el régimen vaya a efectuar cambios democráticos bajo el mando de Raúl Castro. Casey ha calificado a Raúl como “un dictador de poca monta” o un “pseudo–Fidel”.
Estoy segura que aunque Castro haya dimitido, la imagen del Comandante seguirá como un poder detrás del trono al cual se le consultarán las grandes decisiones. Su figura impedirá la realización de los anhelos del pueblo de Cuba: paz, progreso y libertad. Sin embargo, el solo hecho que Fidel haya salido del juego es un primer paso. Debemos de seguir creyendo en la sabiduría de aquel viejo refrán que reza: no hay mal que dure cien años ni pueblo que lo resista.
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