Las personas que rechazamos el armamentismo podemos parecer ingenuas ante quienes ya las poseen legal o ilegalmente, así también entre los que se oponen a una legislación que les prohíba portar ametralladoras y rifles automáticos. Ello porque priva la visión falaz que para contrarrestar la violencia deben portar armas los civiles.
Lo cierto es que esa postura encierra el menosprecio total a que existan fuerzas de seguridad del Estado que actúen como garantes de la seguridad ciudadana. La lógica de la defensa que esgrimen quienes defienden el uso de armas bélicas es nefasta, ya que con ello se abrogan funciones que no les corresponden.
Los prepotentes armados o los que pagan personal de seguridad a su servicio son los mismos que abogan por la pena de muerte, protegen sus supuestos territorios aunque sean de procedencia irregular, reprimen y eliminan a sus opositores, imponen reglas a sus trabajadores o infunden miedo a cualquiera que consideren subalterno; en suma, son quienes personifican la “ley” del más fuerte.
Descartar la posibilidad de que existan cuerpos especializados que proporcionen seguridad pública significa la renuncia a un derecho humano, lo que trae además como consecuencia la debilidad del Estado.
Aunque estemos en franca minoría, según algunas encuestas, es necesario reiterar que los hombres armados fomentan el terror, el racismo, el machismo, el autoritarismo. Ningún país donde prolifera el armamentismo ha tenido como resultado la seguridad ciudadana, como tampoco la pena de muerte ha desalentado el crimen organizado.
Las armas de fuego en manos de los envalentonados asesinan y hieren, no proporcionan paz ni tranquilidad. En Guatemala, por ejemplo, más del 70 por ciento de las personas lesionadas que son atendidas en hospitales se debe a que recibieron un impacto con arma de fuego.
Las organizaciones sociales que levantan la consigna ¡NO a las armas! también exigen su derecho a vivir sin violencia. Tarea que rechazan se delegue a particulares. Evitar su proliferación lleva el supuesto de desalentar además un negocio que genera cuantiosas ganancias.
El armamentismo respalda a los agresivos de siempre. Los hombres iracundos con un arma en la mano son una amenaza. Eso lo entienden bien las agrupaciones feministas que exigen de manera contundente la despistolización como una medida concreta para prevenir los asesinatos de mujeres (más del 80 por ciento son provocados con armas de fuego).
De tal manera, que su rechazo a las armas tiene una razón más que justificada.
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