El indulto presidencial que el gobernante le puede dar a los condenados a muerte ha sido restituido por los diputados. El propósito es disuadir la delincuencia, para que se vea que la Ley se va a aplicar. La Iglesia católica ya ha rechazado esta decisión, y gran parte de países latinoamericanos y europeos ya abolieron hace muchos años la pena de muerte. La delincuencia debe ser combatida, pero en las condiciones de nuestro país esa decisión alimenta el sentimiento colectivo de justicia por mano propia. El gran problema es que seguimos en los tiempos del Antiguo Testamento, cuando a algún delincuente se le cortaba la mano o se le apedreaba por algún acto ilícito, de esa cuenta es que ha habido numerosos linchamientos. Pero en el Nuevo Testamento, Jesucristo evitó que apedrearan a una mujer que cometió adulterio, que en esa época era considerado como un crimen, y Él mismo la perdonó. Es dudoso que la pena de muerte haya disuadido a los criminales, porque aún con ella en años anteriores la delincuencia aumentó.
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