La publicación de columnas semanales de opinión abierta en los medios impresos funciona como leche fresca para los lectores ávidos de reflexión...
Méndez Vides/Viaje al centro de los libros
La publicación de columnas semanales de opinión abierta en los medios impresos funciona como leche fresca para los lectores ávidos de reflexión, aunque rápido se bebe y el contenido se dispersa como ocurre con los comentarios orales por la radio; sin embargo, en nuestro medio es un recurso eficaz para motivar en los autores la práctica del género del ensayo, comprimiendo en escasas pulsaciones su pensamiento y preocupaciones a lo largo del tiempo que compartimos. Este es el caso de Raúl de la Horra, quien con el ejercicio de su columna sabatina Follarismos, ha logrado captar la atención de un público variado de lectores, atraídos por su irreverencia y pulcritud.
Recientemente la Editorial Cultura reunió una selección de sus columnas en el libro titulado El espejo irreverente, salvando así del olvido tantos comentarios filudos donde se nos retrata como nación, donde se nos describe a los chapines con nuestras debilidades y donde despotrica por todos nosotros.
Raúl de la Horra es un escritor meticuloso, psicólogo de profesión y mago por placer, lo que explica la claridad en el planteamiento de las ideas, lo profundo de su búsqueda en los intereses humanos y los artificios con que nos sorprende. Vive aquí, entre nosotros, pero por casi tres décadas se sumergió en las rutinas de Europa. Vivió en Francia, en la Alemania dividida (al otro lado del muro, cuyo derrumbe experimentó muy de cerca) y antes de volver a la patria pasó su cuarentena de reencuentro en Colombia. A la patria se vuelve porque es la patria, porque se puede andar como judío errante por el mundo sin problema y haciendo amigos, adoptando ocupaciones y casas, pero al final uno vuelve a los orígenes rodando o ya nunca. Las dos experiencias son importantes. Raúl pertenece a quienes volvieron, y a nosotros nos es útil su pensamiento porque él percibe la realidad con los ojos de quien viene de otro planeta, y se sorprende o maravilla con lo que aquí redescubre, porque los años pasan pero no hemos cambiado tanto, así que le hace cosquillas nuestra ausencia de responsabilidad social, escarba en los motivos que nos marca a los guatemaltecos con nuestros sentimientos de culpa y dependencia, cuestiona el sentido de la ausencia de voluntad en muchos de nuestros actos, se declara agnóstico (a pesar de su apariencia de obispo de antaño) o ateo con tal de desafiar a los dinosaurios de vidrio que no les gusta ni discutir al respecto, y ataca sin clemencia al clima de violencia e ignorancia que nos supedita. Raúl se asombra ante lo que observa, y nos lo hace ver.
En El espejo irreverente encontramos los planteamientos de un guatemalteco de pensamiento amplio que desearía ver a Guatemala evolucionando al ritmo del mundo, que nos azuza para provocar el diálogo y la reflexión, enriqueciendo y dinamizando el análisis de la vida tan limitada en nuestra aldea.
0 comentarios: