Lo digo de frente: la exposición de Diana Solares, actualmente en Sol del Río y bajo el título Correr, caminar, sentarse y esperar, es un gran salto cualitativo en su trayectoria y un aporte al panorama del arte contemporáneo en Guatemala.
Rosina Cazali/No lugar
Lo digo de frente: la exposición de Diana Solares, actualmente en Sol del Río y bajo el título Correr, caminar, sentarse y esperar, es un gran salto cualitativo en su trayectoria y un aporte al panorama del arte contemporáneo en Guatemala. Confieso que los primeros comentarios que me llegaron sobre su nueva etapa aludían que esta era un irremediable referente de la obra de Tun. Nada de nada. Ni en sueños Tun hubiera podido confeccionar algo similar. Para él el mal dibujo se transformó en buen dibujo a partir de los ojos de quienes reconocieron su sensibilidad plástica y capacidad intuitiva para sintetizar el paisaje urbano, con resultados hermosos sin duda alguna. Pero, para Diana Solares, utilizar colores planos es solo parte de un recorrido más complejo. Para comenzar: estamos hablando de una obra que recurre a la figura del paseante, algo que toca lo literario pero que explica bien la importancia que en los últimos años han alcanzado los procesos creativos. Para lo literario vale la pena tener en cuenta las Ensoñaciones del paseante solitario, una obra inacabada del filósofo francés Jean–Jacques Rousseau y, por supuesto, la figura del paseante en El cielo protector de Paul Bowles.
Para el arte, sencillamente no podemos escapar de una época donde los procesos y el nomadismo son nociones indisociables de la práctica artística contemporánea, desde el momento en que el trabajo del artista deja de desarrollarse en un estudio o taller fijos, el artista se convierte en un pasajero en tránsito que vive y plantea sus proyectos en este moverse entre diferentes lugares, diferentes sociedades, diferentes situaciones y compromisos.
Pensándolo bien, la comparación con Tun es para sacarle provecho. Porque evidencia la vigencia de parámetros convencionales para acercarnos a la pintura. Nuestros recorridos generalmente se detienen con sospecha cuando creemos encontrar sombras de parecidos, sin recordar que actualmente todo se parece a todo y que la originalidad solo deviene de cierta capacidad para reordenar una décima parte de tanta información que circula hoy día. Algo que solo es posible aplicando una visión personal, desde el lugar que habitamos y nos imprime rasgos culturales, formas de pensar y comprender los entornos propios y ajenos. Por ejemplo, me parece que uno de los aspectos más interesantes en la obra de DS es su posibilidad de encontrar una interpretación local del haiku, una tradición poética influida por la filosofía y la estética zen que buscaba describir los fenómenos naturales, el cambio de las estaciones, o la vida cotidiana de la gente y, en ocasiones, era acompañada por una pintura sin mucha perfección. Pero si algo es hermoso, mucho más allá de la apreciación formalista, de cualquier preocupación social, es la recolección de objetos aparentemente insignificantes: un alambre, un globo desinflado, una brizna de grama son recolectados y llevados al laboratorio lingüístico, donde se activan los mecanismos del estrañamiento y la búsqueda de ciertas respuestas. Principalmente aquellas que ayuden a entender la importancia de los micro universos en nuestra existencia.
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