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Irrumpe en la vida nuestra. Imprevisto. Aleatorio. Como la coz luminosa de un rayo. En segundos deja los planes en un reguero de chayes y hierros retorcidos, sacudidas las expectativas de vidas más o menos monótonas o aburridas. Aun a los que vemos desde la orilla, nos deja conmovidos. En esos instantes en que lo contemplamos, confusos e impotentes, no sabemos dónde poner los ojos o las manos, qué hacer con el vacío de tsunami que nos deja en el estómago. El accidente nos confronta con el horror de nuestra fragilidad; los accidentes cortan con su filo terrible el espejismo de continuidad sobre el que caminamos despreocupados. En la flor de nuestra angustia, como seres racionales que somos, intentamos hallar culpables: que si el piloto conducía a velocidad excesiva o iba ebrio, que si el vehículo tenía desperfectos, que si, que si, que si. Buscamos a posteriori explicaciones, pistas, indicios que pasaron desapercibidos en su momento pero que, de haber tenido los ojos abiertos, nos hubieran alertado contra la posibilidad del terrible suceso; cualquier cosa, por piedad, que nos haga más comprensible el absurdo. Estamos dispuestos a hablar incoherencias por no admitirnos a merced de la casualidad. Fue así, en una embestida del sinsentido, 53 personas murieron el viernes pasado al embarrancarse el autobús La Cubanita en la ruta a Barberena. Cada día, tantas personas mueren o son heridas en accidentes viales y de otro tipo. No podemos prevenir las desgracias. Pero quizás podríamos sí ostentar menos descuido. Dejar a un lado esa insensata fantasía de invulnerabilidad y usar cinturones religiosamente. Reclamar de nuestras autoridades la revisión rutinaria de toda unidad de transporte público, y hacer obligatorio el seguro contra terceros en todos los vehículos que circulan en el país. Ninguna de estas medidas evita un percance, pero sí amortigua el golpe del azar. |
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