Hace poco estuve en San Pedro La Laguna. Debiera darnos en qué pensar la forma en la que el pueblo, el lago, el paisaje, la cultura y la espiritualidad están siendo apropiados, reinventados y resignificados por las modas y consumos de europeos y gringos hippies new age, que se alejan de sus países buscando la espiritualidad perdida que no logran hallar dentro de sí mismos. Debiera darnos también en qué pensar que la identidad indígena sea reinventada por otros en función no de sumar, sino de dividir.
En una larga conversación con un amigo de antaño, miembro de la Academia de Lenguas Mayas, atiteco, sociólogo y hablante del tzútujil. Mi camarada me comentaba sobre la turistización de las identidades “mayas” y cómo hoy los mismos extranjeros de la cooperación internacional y hippies new age, son quienes pagan y romantizan los rituales mayas para limpiar sus conciencias occidentales.
Hoy día la espiritualidad es un consumo más. Una mercancía entre otras tantas, así como se venden ponchos y atol, también se vende y consume la espiritualidad. Pero claro, la cultura “maya” es pura e inalterable, dirían los intelectuales mayistas fundamentalistas.
Hay una inevitable hibridez y cambio cultural de los pueblos alrededor del lago de Atitlán. Aunque esta haya sido negada, ayer por los antropólogos, hoy ciertos sectores de la cooperación internacional volcada a lavar su mala conciencia colonialista patrocinando discursos multiculturalistas, confluyendo con el turismo mochilero y reconstruyendo el discurso de las identidades “puras mayas” alrededor del lago de Atitlán y el discurso poscolonial. “Aquí somos descendientes directos de los mayas”, dice un joven tzútujil. Aquí se niega la hibridación, interacción e intercambio cultural–transhistórico”.
El papel de antropólogos estadounidenses como Robert Redfield y Sol Tax en los años treinta, tuvo un papel decisivo en la “otredad” vista como exótica o como objeto de estudio y no como sujeto de conocimiento, categorizadas como “culturas puras”. Seguir definiendo hoy al “otro” como una etnia pura implica no reconocer que su cultura y su ser son el resultado de múltiples hibridaciones dinámicas y transhistóricas, lo cual es característica de toda cultura a lo largo y ancho del planeta.
En la interlocución, señalamos que tomar el mestizaje como eje de identidad nacional no busca la desaparición de las diferencias culturales, solamente indicar que hay puntos en común que nos unen, y que la suma, siempre es mejor que la división, reconocer la articulación de identidades híbridas mediante los mensajes y formas que ofrece hoy día la globalización a un consumidor uniformizado en su gusto (gorras Nike, playeras adidas, etcétera) nos hacen ver y estar en el mundo de formas específicas y no de otras, el mestizaje –no como una sola cultura, sino como varias culturas complementarias– como unidad nacional puede hacer que los guatemaltecos caminemos juntos para buscar un interés común nacional, sin purismos y fundamentalismos culturales, sino aceptando que todas las culturas son híbridas y en constante proceso de hibridación.
Al concluir nuestra conversación, llegamos a un consenso intercultural: argumentamos que el futuro de Guatemala es el mestizaje (entendido como hibridación cultural), buscando expresar que lo que ha venido ocurriendo a lo largo de la historia –la hibridación– se siga realizando pero ahora en condiciones igualitarias y dentro de la lógica de la democracia radical, pues la nación podrá constituirse desde la convergencia y no desde la separación.
“Todo pasa y todo queda” dice Machado, somos aún lo que fuimos, y en ese pasado que es el presente, podemos hallar identidades que suman y nos hacen una sola: guatemaltecos con múltiples mestizajes culturales.
Me despedí de mi amigo. Me contó de su nahual kaí Ik: (dos huracán) un espíritu guerrero y lúcido, que tiene que decir cosas que a unos no gustan. Un huracán destruye pero también limpia, me dijo y con ímpetu y paso seguro desapareció en la oscuridad de la noche.
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