Qué tristeza me dio la carta del alcalde metropolitano, Álvaro Arzú, publicada la semana pasada en estas páginas.
Yo no pertenezco al club de fans del alcalde favorito de la capital, pero reconozco que es uno de los líderes políticos más importantes del último siglo y que a diferencia de muchos personajes de esa lista, él sí tiene un legado positivo que cuidar: la firma de la paz en diciembre de 1996, que puso fin a un conflicto armado de 36 años, el más sangriento episodio de la guerra fría ocurrido en este hemisferio.
Eso nada más debería bastar para reservarle un lugar privilegiado en la historia de Guatemala (a pesar del rosario de críticas que uno pueda tener al respecto de su gestión en la comuna o el Ejecutivo).
Cualquiera creería que con esas credenciales el señor Arzú debería concentrarse en ver hacia adelante e inspirar a las nuevas generaciones. Pero lejos de ello, se deja dominar por un pleito infantil y no solo se lanza contra un proyecto a todas luces importante y beneficioso, sino que ataca la idea misma de acercar a nuestros jóvenes a las mejores universidades del mundo.
Al burlarse de la posibilidad de que nuestros profesionales ingresen a las aulas de MIT, Harvard o Yale para obtener maestrías y doctorados “hasta en energía nuclear” y que estudien para enviar “nuestro propio cuete a la luna”, el jefe edil revela un sentir tan acomplejado y miope que a mí se me encogió el corazón.
Durante siglos prevaleció en nuestro país el mandato deliberado de mantener a la mayor cantidad posible de gente en la ignorancia. Los encomenderos y sus descendientes querían mulas de carga, no hombres y mujeres pensantes, capaces de inventar, producir y buscarse una vida mejor.
La carta de Arzú demuestra que esa mentalidad retrógrada y pequeña sigue latente al más alto nivel.
Mientras no la enterremos, no podremos salir de pobres en el mundo actual, donde la riqueza se genera a partir del conocimiento. Sin ir muy lejos, en Costa Rica, donde los políticos decidieron hace mucho invertir en el cerebro de las personas, no en armarlas, los niños sí pueden soñar con volverse físicos nucleares y ningún alcalde se ríe de ellos.
Quizá porque saben que hay un tico, Franklin Chang, que estudió en el Colegio La Salle de San José pero luego se doctoró en MIT y se convirtió en uno de los astronautas más destacados de la NASA. Ahora el doctor Chang ya no dirige expediciones en el espacio porque acaba de construir en la provincia de Guanacaste un laboratorio donde la misión es enviar a la primera persona a Marte en los próximos 20 años, en una nave propulsada con un motor de plasma.
Nuestro Alcalde usó la imagen del viaje a la Luna como el colmo de los absurdos, sin pensar que a pocos kilómetros de nosotros, nuestros vecinos se han propuesto mucho más que eso. Ellos no buscan repetir la hazaña de Neil Armstrong de 1969 sino trascender la tecnología espacial existente para hacer posible la exploración humana del Sistema Solar.
¿Va a lograr el doctor Chang su sueño? No lo sé. Entiendo que hay varios proyectos dedicados al mismo fin en varias partes del mundo, todos compitiendo entre sí. Pero ¿por qué no? ¿Por qué no podría ser un centroamericano quien empuje las fronteras de la exploración espacial? Si la humanidad ha avanzado en algo desde la edad de piedra es porque encontró la forma de acumular y transmitir conocimiento y porque se ha atrevido a pensar en grande.
Conseguir cerca de Q200 millones para ayudar a los jóvenes guatemaltecos más talentosos a financiarse una educación de clase mundial no será tarea fácil, pero de ninguna manera se antoja imposible.
No se necesita contar con un PhD para visualizar las ventajas que podría generar para nuestro país una apuesta agresiva por la formación de capital humano. Los títulos universitarios no garantizan excelencia, pero menos aún la improvisación. Por regla general, a mayor preparación, mejores resultados. Ojalá algún día Guatefuturo sea una realidad que anime a miles de jóvenes a estudiar con ganas y no limitar sus aspiraciones. Y ojalá algún día tengamos una camada de líderes capaces de valorar la ciencia tanto como la sabiduría de las personas sencillas, dispuestos a aprender y a enseñar, que no crean que se nace sabiendo ni se den el lujo de presumir de ignorantes.
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