La lectura de la novela Cualquier forma de morir del escritor salvadoreño Rafael Menjívar resultó ser una experiencia inquietante y estupenda.
Méndez Vides/Viaje al centro de los libros
La lectura de la novela Cualquier forma de morir del escritor salvadoreño Rafael Menjívar resultó ser una experiencia inquietante y estupenda. Por más de un año tuve esta obra haciendo cola en la percha de libros pendientes que mantengo siempre en mi escritorio, y el descubrimiento fue tan pródigo que ahora lamento mi tardanza. Esta obra no posee un gran argumento pero no importa, porque su magia está en el manejo de la ficción, en el vigor con el que narra (dueño de un lenguaje viril, irónico, cínico, descreído) y la plasticidad de sus descripciones. El protagonista va entre celdas y celdas en la cárcel, se acomoda frente a narcos, contempla el escenario grotesco sobre alfombras persas de un maleante rey acariciando a dos maricones en la cabeza, como si fueran perros, jalándoles los mechones hasta hacerlos gritar, y es como si estuviéramos presenciando una película.
Es una novela de cárcel, de criminales, de malditos, de desgraciados, de coroneles que se suicidan dejando una nota con la explicación “Me mató Ortega”. El mejor pasaje del libro se logra cabalmente cuando narra el suicidio del Coronel. Es un capítulo nítido, emotivo, ingenioso desde las primeras líneas: “Cuando un héroe se muere no es un héroe. A lo mejor sea héroe después de muerto, a lo mejor haya sido héroe antes de morirse, pero en ese momento es alguien a quien se lo está llevando la chingada”. El protagonista presencia el suicidio del Coronel como en la réplica moderna del Fedro de Platón, en un escenario de casa de colonia, amueblada al crédito, con las sillas del comedor aún cubiertas con plástico. Con una mirada dura y triste, el suicida le pregunta a su testigo si alguna vez ha sentido la felicidad: “¿Has salido alguna vez a la calle sintiéndote contento porque todo lo que te pasa es bueno? Te atienden bien en el supermercado, te abren la puerta cuando entras al banco, no hay una pinche cola larga para llegar a la caja, y cuando llegas la cajera te sonríe y te dice buenos días. Llegas a tu casa y tu mujer te quiere y tus hijos no te chingan. Pones la televisión y están pasando una película que querías ver. Te acuestas y no tienes broncas para dormirte. ¿Te ha pasado?”. Así de insípida puede concebirse la vida. El Coronel expresa su pensamiento como Sócrates, limpia la escuadra y se mata. Las horas en la cárcel son largas y cambian tanto a la gente que de repente expresa al contemplar a “dos maricas que de seguro eran de reciente ingreso, porque no tenían la mirada de los que han pasado allí más de 15 días”. Las comparaciones en la descripción son absurdas e ingeniosas, como “Tenía una mirada capaz de destapar botellas”, u observaciones como: “Se supone que los policías fuman cuando están esperando, o sea siempre”, y lamenta la tristeza de quienes tienen cara de víctima, y por lo tanto están disponibles para lo que sea. La cárcel donde se sucede la acción se descubre al final en Tijuana, pero podría haber sido en Guatemala, o en El Salvador. Léanlo, me parece muy recomendable, una pequeña joya publicada en nuestro país por F&G.
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