Uno de los méritos de la extraordinaria cantante argentina, además de su voz privilegiada, ha sido dar a conocer al mundo a los compositores latinoamericanos y sus diversas creaciones, provenientes de diferentes regiones de “Nuestra América”. A lo largo de su carrera artística ha cantado composiciones de autores argentinos, de distintas regiones de su país, chilenos, peruanos, bolivianos, cubanos, brasileños, etcétera. Y con ellos, también ha introducido para el conocimiento mundial diferentes ritmos latinoamericanos, desde las chacareras hasta las zambas, pasando por las cuecas chilenas y los valsecitos peruanos.
En los años previos a la globalización de las comunicaciones no era tan fácil escuchar diversa música de distintos continentes. La música, claro, llegaba, con muchos meses de retraso, e inclusive años. Mucha de la música que circulaba era en buena medida gracias a los viajeros. Uno de ellos –visitó en sus 75 años de vida 23 veces la Argentina– era también un excelente guitarrista, amante de la música latinoamericana en general, pero especialmente de la música del país gaucho. Se llamó Carlos Enrique El Chino Carrera Samayoa. Gracias a él y al familión que formaron mis abuelos maternos, don Santos y doña Martha, mis tíos, mis hermanos y primos en general aprendimos desde niños a apreciar la música latinoamericana, y en especial la sudamericana. Fue de la mano de El Chino Carrera que fueron llegando a Guatemala los discos, entonces LP y posteriormente los cassettes de la música de La Negra.
El Chino desplegaba su tarea de difusión de este tipo de música, primero con la familia, especialmente con su hermana Martha, que por entonces reinaba en “Ciudad Nueva”.
Posteriormente, lo hacía por medio de sus contertulios y amigos. Como el guitarrista Carrera Samayoa se había convertido en el mejor embajador guatemalteco en Buenos Aires, tenían también los Ches y los Pibes su mejor embajador argentino en la Ciudad de Guatemala, que oficiaba desde su querencia, conocido por los bohemios de los años sesenta, setenta y ochenta, como El Bulín 33.
En esa pequeña casa siempre estaba encendido un rescoldo para el “asado” (churrasco), urgente y oportuno. Su dueño, “Polo Fernández”.
Ahora que Mercedes Sosa hace estruendo con una chacarera, los recuerdo. El Chino y Polo tocando guitarra y cantando juntos. Cuando desciende a los abismos de la poetiza Alfonsina Storni, me acuerdo de mi madre, Olga Marina, acompañada a la guitarra de mi hermano mayor, José Fernando.
Cuando nos embelesa con la música de Antonio Carlos Jobim y la poesía de Vinicius de Moraes, al traernos a la memoria Insensatez, rememoro a Roberto Carrera Figueredo tocando bossa nova y los años del Brasil se me agolpan en el pecho. Y conforme continúa cantando, con aquella voz de trueno, me acuerdo de mi tía Martha, cantando con Manuel Lorenzo Merceditas y Luis Emilio De Coto Carrera, cimbrando la lira. Mis hijos, como yo entonces, la escuchan deslumbrados. La Negra y los recuerdos que trae.
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