Estamos lejos de alcanzar la conciencia necesaria.
Raúl de la Horra/Follarismos
Hoy se conmemora el día mundial de la mujer. Y, como en otras celebraciones parecidas, uno no sabe si alegrarse o tomar distancia, puesto que a menudo estos eventos parecen ser meras coartadas inventadas por los hombres, los comerciantes y sus gobiernos, para camuflar el hecho de que en el fondo los hombres no entendemos, o más bien nos importa un pito, el mundo de las mujeres (como cuando se celebra el día de la madre, para que luego imperen 364 días de desmadre).
Pero no quiero ser tan escéptico con respecto a este día con faldas (por calificarlo de algún modo), ya que no sólo consagra y valora el recuerdo de las luchas que las mujeres han venido desarrollando por sus derechos desde hace siglos, sino que ayuda a instalar en el imaginario social –en la mente de los más jóvenes, sobre todo–, el sentido de la complementariedad y del respeto entre los sexos.
A este respecto, es de notar que una de las sociedades que más esfuerzos está haciendo en la actualidad para combatir no sólo legal sino educativamente las injusticias que sufren las mujeres, es la española. Prácticamente no pasa un día sin que la prensa de ese país denuncie la violencia de género, y es impresionante ver las redes de solidaridad que se han ido formando a favor de las víctimas, así como el repudio activo que los ciudadanos y las ciudadanas manifiestan contra tal situación.
En nuestro país estamos aún lejos de alcanzar la conciencia necesaria como para que la sociedad en su conjunto reconozca la situación denigrante y discriminatoria que vive la mayoría de mujeres. Sin embargo, no es una tarea que atañe solamente a las instituciones y al gobierno, sino que debería involucrar, en primera instancia, la iniciativa personal de cada ciudadano a través del ejemplo.
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