|
En días como hoy, me pregunto con desmayo para qué escribo. Ninguna palabra tiene el poder de cambiar una realidad tan aplastante en la que un guardián mata a una niña de 15 años por robar unos cuantos vegetales. Pero duele tanto pensarlo, atreverme a sentirlo, que si no hiciera algo –cualquier cosa– y me quedara esta cáustica frustración aquí adentro, acabaría seca y oxidada, como un pedazo de chatarra. Porque corroe el alma pensar que una niña padezca hambre, que tenga que robar para comer, que proteger las papas o las zanahorias de un señor sea en este país más importante que proteger una vida joven. No fue para eso que nos organizamos como sociedad y toleramos sus yugos, su hastío. Es un sinsentido ácido que carcome todo por dentro. Tanta pérdida, tanta renuncia, para que una mañana cualquiera, el diario nos entregue esto: el cadáver de una niña. Dan ganas de gritar, de vomitar, de expulsar fuera este veneno que quema las venas. Y eso es lo que hago con estas palabras. Escribo para salvarme de la corrosión de la amargura. Escribo con desesperación y necesidad, porque no hacerlo sería resignarme a morir más aún. Mis palabras no son más que un grito de impotencia. Carezco de la fuerza para cambiar esas grandes estructuras que han acabado balaceando aquello que se proponían defender. Lo sé. No me hago otras ilusiones. O quizás sí y me da temor admitirlo. Talvez, en el fondo, quiero pensar que alguien allá afuera tiene también un grito de protesta atorado en la garganta, y entonces… He pensado con recurrencia que todo lo que se escribe, aun en la mente, tiene un secreto y futuro destinatario. Puede que escribir sea esto, un modesto, timorato y desesperado acto de fe. No sé. Nunca he estado muy segura de nada. Por lo pronto, uso así las manos para no dejarlas caer desesperanzadas. Es eso o jalar del gatillo. |
4 comentarios: