Hace algunos meses, al plantear en este espacio un proyecto colectivo de nación de todos y para todos a través de una lucha común, un lector me escribió: “Marcela, si tanto le disgusta Guatemala, pues vaya a vivir a Cuba”.
Vine a Cuba no para vivir, pero sí para residir unos días en ella, llegué con equipaje ligero y en lugar de ir a La Habana y perderme en sus dinámicas complejas y el efecto del turismo, tuve la oportunidad de compartir con los campesinos guajiros.
En la localidad de San Andrés, en el municipio de La Palma, provincia de Pinar del Río, he estado conociendo y aprendiendo de los campesinos, del proyecto Programa de Innovación Agrícola Local (PIAL) promovido por el Instituto Nacional de Ciencias Agrarias (INCA). Escuchando y observando a los campesinos, tengo la certeza de que no es poco lo que los guatemaltecos podemos aprender de esta tierra, de los cubanos, de su manera de estar y de ser.
Envidio la forma digna, decente con la que los campesinos aquí dotan de significado su existencia. Gente como Agustín y María, dos campesinos repletos de bondad, con un sentido de colectividad que nunca había conocido.
Hay alegría y dignidad en su mirada que sabe ver de frente, de tú a tú. Quizá no hay muchas mercancías que consumir, pero aquí no hay pobreza, ¿qué pobreza puede experimentar quien consume lo que hay en su huerto?
En cambio, pienso en la mirada triste y extinguida del campesino guatemalteco, en el esfuerzo inmenso que conlleva mantener la poca dignidad con la gente que vive. Pienso en los estómagos vacíos, en la mortalidad infantil, en lo individualista y clasista de nuestra sociedad ¿no es acaso este un buen momento para plantear con y desde el pueblo las luchas pendientes?
Conversando con algunos cubanos, veo la confianza en sí mismos, se sienten orgullosos de ser lo que son, de verse como se ven, como resultado de una historia de mejora de sus vidas producida por la revolución, una mejora que con su participación puede sostenerse en el tiempo, en el día a día.
Valoran y promueven su identidad cultural en su baile y en su manera de reír. Siempre ritmo y juego con el mundo a través de un relámpago fresco: la sonrisa. Y participan en los acontecimientos de su comunidad, en la consciencia de la capacidad de su conocimiento para dialogar con otros, con los técnicos agrarios, con los decisores políticos locales y más allá. Aquí, los campesinos son maestros; están trasformando sus vidas y en búsqueda y lucha por su propia emancipación. Cualquier cosa que el futuro sea en esta isla, hombres y mujeres cubanos, adultos y jóvenes, son un activo seguro en su construcción, en la construcción de una sociedad que mira de frente al futuro, con dignidad y la evidencia de que es posible construir un proyecto de sociedad igualitaria. No es fácil, pero lejos de ser imposible, está al alcance de la acción humana. Quizás sea esta, independientemente de los alcances logrados, la mejor lección que el mundo puede sacar de Cuba.
Hay un proyecto colectivo y social entre los campesinos aquí, son ellos los protagonistas de los espacios sociales de transformación. Lo sé en su manera de hablar, de ver, de expresar la vida a través de sus huertos llenitos de posibilidades, de las ferias de diversidad donde se difunden las semillas producidas por la experimentación campesina, de formas emergentes de intercambio local que facilitan la cadena que puede llegar a una soberanía alimentaría que surja de abajo a arriba.
“Muchacha, aquí se trabaja de sol a sol y un poquitico más”, es así cómo los campesinos describen su cotidianidad, bailando y “echando los versos del alma”.
Aquí en la Isla, sé que a los guatemaltecos nos hace falta un camino largo: plantear y diseñar un proyecto colectivo para trasformarnos, para la emancipación social, el cual debe ser forjada por las manos gentiles del pueblo de abajo a arriba, en un viaje de “oye mushasho, trabajar juntos de sol a sol y un poquitico más…”
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