Tras siete horas de inflamados ataques verbales, Álvaro Uribe fue saludando uno por uno a sus colegas del Grupo de Río, hasta que llegó a Rafael Correa. De pie, ambos, se dieron un apretón de manos y decretaron concluido el incidente armado que mantuvo en vilo la región en la última semana. Fue un balde de agua fría a los cañones, pero la guerra política continuará. La política será la guerra por otros medios, diría Clausewitz.
Contrario a la expectativa, Hugo Chávez fue quien, en la cita de gobernantes latinoamericanos en República Dominicana, moderó la atmósfera llamando a “pensar con la cabeza fría” y contener la “vorágine”. Moisés Naím, director de la revista Foreign Policy, cree que el giro de Chávez obedece a la amenaza de Uribe de llevarlo ante la Corte Penal Internacional, señalado de financiar “grupos terroristas”, en referencia a las FARC colombianas. Tribunales internacionales han encarcelado varios ex gobernantes –Milosevic, de Yugoslavia; y Charles Taylor, de Liberia- por crímenes atroces.
Es improbable que la demanda de Uribe ante el Tribunal de Roma prosperara. Es más creíble que una escalada bélica no tenía real asidero y resultaba hasta contraproducente para la estabilidad interna de los gobiernos andinos y los propios EE.UU. Por eso, la diplomacia rindió sus frutos a todos.
Ecuador, país agredido, ganó las dos condiciones para superar la crisis: las excusas de Colombia y el compromiso de no repetir ataques contra su integridad territorial, en tanto la comunidad latinoamericana vituperó la violación de la soberanía nacional como ruptura del principio de convivencia entre los estados. Por otro lado, el bloqueo comercial con Colombia, decidido por Chávez, comenzaba a incubar un serio malestar interno en Venezuela. Mientras Uribe logró su objetivo de descabezar las FARC y salió indemne de sanciones. Un conflicto armado habría desencadenado una vorágine, pero de precios del petróleo, en un momento alcista delicado y de recesión económica en EE.UU.
Ahora, eso no significa que la región andina regresa a la normalidad. Chávez volvió a tocar el tema de los rehenes de las FARC y, saliendo de Cuba, pidió públicamente al jefe de la guerrilla, Manuel Marulanda, liberar a Ingrid Betancourt. En tanto, los servicios secretos de varias potencias –EE.UU., Israel, Irán, Cuba– han ampliado sus antenas en la zona. Una atmósfera de pequeña guerra fría se instala en la región andina.
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