Pensaba escribir una encendida defensa de la posición de Ecuador en el conflicto de Sudamérica, pero ahora me llama más la atención otro asunto. Seguro que desde fuera deben vernos, a los latinoamericanos, como gente que hace erupción en un momento y rompe relaciones diplomáticas, se dice muchas sandeces y moviliza tropa a las fronteras para luego, del mismo modo que todo ha empezado, retira las ofensas, ofrece disculpas, se estrecha las manos con la fuerza suficiente para resquebrajar una nuez y se palmotea la espalda en señal de desagravio.
Claro que a los europeos de hoy también se les haría inconcebible un conflicto de ese tipo. En su continente, las fronteras son bastante menos violables y no se concibe una operación con aviones de combate, helicópteros artillados y tropas aerotransportadas de un Estado en territorio de otro sin coordinar ni pedir permiso, por mucho que digan que iban detrás del lobo feroz y exhiban sus fauces sanguinarias. Es que va contra todo derecho, y de aceptarlo, estaríamos aceptando simplemente que prevalezca la ley del más fuerte o del más vivo. Y ese no es siempre el mejor.
En nuestro continente, las fronteras son meras delimitaciones imaginarias, imposibles de patrullar a cabalidad y tan porosas como una manzana extranjera. ¿Cuánto de nuestro carácter y nuestra idiosincrasia están marcados por estos territorios indómitos que aún posee cada uno de los estados latinoamericanos?
Vaya espectáculo el que hemos dado (eso ha sido todo el conflicto entre ambos países, con la reunión de debate y conciliación transmitida en vivo a una audiencia millonaria y los presidentes actuando para el electorado de sus propias naciones y el público de todo el continente ante de las cámaras). Hay esquizofrenia o, cuando menos, falta de seriedad cuando se arremete con las acusaciones más graves y se atribuyen las peores satrapías al enemigo, y en el instante se cambia a un tono conciliador y al apretón de manos.
Más aún me inquieta descubrir otros rasgos nuestros. Tal severidad para condenar, que no acepta ambivalencias o términos medios. Una simpleza para identificar héroes y villanos que raya en el infantilismo. ¿Es Uribe un prohombre en verdad o es solo un líder con un objetivo claro y métodos cuestionables? ¿Lo fueron antes que él Franco, Ubico, Fidel Castro acaso? ¿Es Correa un inescrupuloso vasallo de Chávez, aunque su ejército haya desmantelado 47 campamentos de las FARC en su territorio en 2007 y se haya negado a reconocer beligerancia a esa guerrilla como sí hizo el Gobierno venezolano? ¿Es Chávez mismo solo maldad y espanto o tuvo algún sentido que movilizara a sus batallones para informar a Uribe que en su territorio no sería tan fácil perseguir a los guerrilleros? Todas estas preguntas son también válidas planteadas al revés, pero muchos latinoamericanos parecemos preferir ignorarlas y, en cambio, emitir juicios cargados de una simpleza que nos brinda comfort.
Ese miedo reverencial que profesamos hacia el relativismo. El bien y el mal. La tormenta y la calma.
Todo se define con un estruendo.
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