Las novelas de J.M. Coetzee son siempre una sorpresa y la más reciente, Diario de un mal año, no podía decepcionarnos.
Méndez Vides/Viaje al centro de los libros
Las novelas de J.M. Coetzee son siempre una sorpresa y la más reciente, Diario de un mal año, no podía decepcionarnos. A la manera de un ensayo o diario sobre temas de interés colectivo, el protagonista va capitulando sus “opiniones contundentes”, reflexiones de un intelectual de hoy a quien preocupa el mundo y los orígenes del Estado, el anarquismo, la democracia, Maquiavelo y el terrorismo de Al Qaeda, y tantos temas que son el pasto de discusión más común entre amigos, a la hora del café, y cuyos comentarios expresan la ruptura profunda y dolorosa abierta en la mente del protagonista del mundo de hoy. Quien así reflexiona es un personaje inquieto, adulto envejeciendo que se supone es una figura conocida, un intelectual importante, viviendo solo en un edificio de apartamentos. Lo vemos una tarde frente a la máquina de lavar ropa, esperando sus prendas, y al sótano del edificio llega también una vecina, Anya, con quien se irá sucediendo una relación confusa al pie de página, porque la novela es así, técnicamente hablando, un ensayo con una novela en la nota de pie de página, donde a veces hay un pensamiento cortado del protagonista masculino y otras el pensamiento de Anya. Uno cree que llevar paralela la lectura no tiene sentido, que podría leer de un tirón todos los pies de página, pero entonces no tendría sentido, porque el protagonista no se funda en sus acciones sino en su pensamiento. Por la manera de ver la vida, lo vamos conociendo, y es alguien inteligente, abierto al mundo, prisionero en la realidad percibida, como sin aire.
Los comentarios que hacen son tan profundos que a cada momento nos hace creer que estamos leyendo un libro de ensayos, pero las breves citas al pie de página nos va recordando que se trata de una descripción, de un retrato de un viejo de hoy que no comprende el mundo en el que vive, desorientado, reclamando derechos y libertad. Alguien que vive solo y no pareciera necesitar de nadie. Su reflexión sobre Los siete samuráis, la famosa película de Kurosawa, deja con la boca abierta. Un pueblo de agricultores es sojuzgado por los ataques esporádicos de las tribus de salvajes que les roban, violan a sus mujeres, y destruyen sus hogares. Deben pagarles una especie de impuesto. Los pobladores recurren a los siete samuráis, y les piden que los defiendan, ellos espantan a tales villanos y entonces les piden a los pobladores que les paguen para permanecer en la aldea, y así poder defenderlos siempre. Pero los pobladores no aceptan, porque dicha propuesta implicaría pasar los samuráis de defensores a parásitos, sustituyendo a los agresores. Cuántas personas hoy en día en Guatemala han cambiado su vida libre, sustituyendo a los criminales por los guardaespaldas que los defienden, sus siete samuráis. Una manera de transferir la violencia y el sojuzgamiento de la vaguedad a lo controlable.
El libro es extraordinario, una demostración de que la gran literatura puede siempre inventar, crear nuevos modelos, experimentar con géneros, plantear de manera diferente, nada light, su impresión del mundo Para quienes deseen una Semana Santa dedicada al placer de la gran literatura contemporánea, no se lo pierdan. Es un libro de primera calidad.
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