Rafael Espada parece haberse escapado de una obra de Pirandello. Se me figura uno de aquellos seis personajes que, en una noche de ensayo, se rebelan contra el argumento que les impone el dramaturgo y exigen se les permita poner en escena su propia biografía. El Vicepresidente apenas puede ocultar su incomodidad por estar encasillado en un guión que le prometió un papel estelar pero al final lo redujo a un mero carácter secundario. Pintoresco y flamboyante, cierto, pero secundario al fin y al cabo, en la narrativa que Álvaro y Sandrita inauguraron el 14 de enero.
Al Vicepresidente se lo comían las ganas por retornar a Guatemala. ¿Recuerdan ustedes aquella iluminadora entrevista en Prensa Libre, el 6 de abril de 2006? Ataviado en vistoso traje de cuero y posando al frente del volante de su moto dijo que, en efecto, le interesaba participar en política. “En qué posición no sé, pero me encantaría estar envuelto en la parte administrativa del país”, contestó.
Dicen que fue esa declaración la que llevó a Álvaro Colom a apuntarlo en su lista de prospectos.
Lamentablemente, la fama de gran cirujano y su demostrada sensibilidad por los pobres y marginados de Guatemala no bastan para que el Vicepresidente pueda desenvolverse entre los retorcidos meandros de la política guatemalteca y las intrigas palaciegas. Tal vez por eso sea que Álvaro y Sandrita no le tienen la suficiente confianza como para permitirle asumir las tareas que la Constitución le asigna a un Vicepresidente.
De una manera semejante a la orquestada por Vinicio Cerezo y Alfonso Cabrera cuando relegaron a Roberto Carpio Nicolle a trabajos anodinos, de esa forma Rafael Espada ha sido reducido a su mínima expresión. Aparte de la fidelísima Rose, su secretaria de toda la vida, y de Óscar Perdomo, a quien el partido le impuso como secretario privado, el Vicepresidente no tiene a quién mandar. La poderosa Sandrita, condueña del partido y cogobernante, es quien preside esa variante de gabinete social a la que bautizó como Consejo de Cohesión Social, donde ella y no el bueno de Rafita es quien decide el destino de Q2 mil 191.73 millones de inversión.
Entre los diplomáticos y “gente bien” que le aprecian priva una preocupación: “¿Cuánto más soportará el bueno de Rafa estar sin una responsabilidad específica?” Hasta el momento, la benevolencia con que le tratan los medios, que le dan gran espacio a sus visitas a hospitales, un trabajo más de la Primera Dama que de Vicepresidente, y a sus cuidadosamente coreografiados trotes por la avenida Las Américas y paseos en moto le han mantenido adormecido ese ego indómito acostumbrado al éxito y, como él mismo dijo “a tener el control todo el tiempo”. Pero esto no durará cuatro años. Urge que le asignen un papel más relevante, so pena que, como sucedió con los seis personajes de Pirandello, se rebele y eche por la borda el castrante guión que Álvaro y Sandrita le imponen.
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