Hay un bloque humano al que solíamos llamar chinos. Por mucho tiempo, lo chino perteneció a un mundo intangible, genérico, perdido u olvidado en lo esencial.
Rosina Cazali/No lugar
Hay un bloque humano al que solíamos llamar chinos. Por mucho tiempo, lo chino perteneció a un mundo intangible, genérico, perdido u olvidado en lo esencial. Chino era cualquier persona de ojos rasgados, sin hacer distinción entre su herencia o su lugar de origen. Ya fueran japoneses, coreanos, hawaianos o esquimales, todos eran chinos, chinitos o sentimentalmente achinaditos. China era el lugar de donde venían las porcelanas baratas, como El Disco chino de Enrique y Ana. Era un mundo lejano con pagodas y mujeres con pies vendados, rodeado por una muralla y, para los lectores del Reader’s Digest, incomprensiblemente comunista. Lo reductivo del término era tan similar al que generalmente se aplicaba a lo indígena. Suponía todo un conglomerado de cosas y personas homogeneas desde las ansias de unos cuántos por mantener viva la visión romántica de pasados gloriosos. Qué fácil era decir chino, oriental o indio sin necesidad de profundizar en las personas, en las culturas, y dejar todo en un marco de esencialismo inmutable. Esto me hace recordar el relato de un amigo cuya familia de origen chino y muchas generaciones nacidas en Guatemala, tenían una venta de hilos y materiales para costura. Según contaba, los artesanos indígenas que llegaban desde el altiplano a la tienda de hilos se entendían bien con su madre, cada uno desde su lengua de origen. Como contrapunto a la norma, todo se resolvía entre onomatopeyas desinteresadas y abstractas, en el lenguaje universal de la oferta y la demanda.
Estamos en un nuevo siglo, han pasado décadas y china sigue siendo la comida de los restaurantes de wantan, chop suey y chao min con trozos de güisquil. Para muchas personas es imposible concebir que las relaciones entre Estados Unidos y la China sean algo simbiótico. Parodiando a Slavoj Zizek, la ironía de la historia es que la República Popular China se ha ganado el título de Estado de la clase obrera: es el Estado de la clase obrera del capital norteamericano. China, maquila para el imperio desde juguetes insignificantes, hasta material electrónico de alta tecnología, todos en condiciones ideales para la explotación capitalista: sin huelgas, libertad controlada en el movimiento de la fuerza laboral, salarios bajos entre otras prebendas.
Para desgracia de los puristas, ya no habrá revoluciones. La China se transforma y expande al ritmo de las excavadoras que arrasan barrios tradicionales y elevan rascacielos. Hoy se cocinan los negocios con el olor de la baratísima producción de las fábricas chinas y muchos empresarios aprenden mandarín. Ese bloque de personas, superior a las 1,300 millones, que según nuestro humor ignorante, llegarían a la luna chino sobre chino, que provocarían un terremoto si se ponían de acuerdo para dar una patada, es una presencia omnipresente. Demasiado tarde. Ni budistas, cascadas ying yang, lámparas de papel o woks nos devolverán a la chinita que un día se perdió en el bosque.
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