La vida del individuo humano –subrayo lo de humano– es inconcebible e irrealizable sin reglas, pero si el hombre quiere vivir en paz, tendrá que mantenerse tan distante de la anarquía como del dogmatismo. Se trata de un clima respecto del cual ambos extremos son igualmente peligrosos. Entre ellos hay una zona de convivencia y autorrealización, tan ancha como cada uno la necesite, para imitar a los demás sin negar ni menoscabar las propias iniciativas. Nacemos y morimos porque no nos queda más remedio, pero vivimos, velamos y trabajamos porque los demás nos ayudan y porque así lo hemos decidido. Es esta la única forma de realizarnos. Dependemos de los otros al mismo tiempo que somos independientes. Somos libres exactamente hasta donde los demás también lo son.
Pareciera que el centro no es bien visto, y que inspira recelo, susceptibilidad y desconfianza. Cuando decimos de un individuo común que es muy centrado, somos conscientes de que estamos ponderando su más digna forma de ser. Pero cuando de un político se dice que pertenece al centro, de alguna manera se está diciendo que no es ni chicha ni “limoná”. O bien se lo considera ecléctico o bien no comprometido: alguien, más que neutral, neutro, sin color, descafeinado e invertebrado, incapaz de tomar iniciativas y de asumir riesgos, dispuesto siempre, camaleónicamente, entre una candela a Dios y otra al diablo, a ponerse al sol que más calienta.
Lo dicho significa que algo nos obliga a estar a la derecha o a la izquierda del centro. ¿Cuánto a la derecha y cuánto a la izquierda? ¿De quién depende esta decisión? He ahí la madre del cordero. Porque, tanto si se está a la derecha como si se está a la izquierda, se puede estar muy cerca o muy lejos del centro, y entonces se suele hablar de derecha moderada e izquierda moderada, y también de extrema izquierda y de derecha extrema. ¿Dónde se pueden causar mayores beneficios o mayores daños? Aun en estos casos cabe una enorme gama de matices. Para complicarlo más, suele pensarse igualmente que los extremos se tocan. Díganlo, si no, quienes, en una hipotética o real vuelta al mundo, inician su aventura simultáneamente, pero en direcciones opuestas.
¿Idealistas o realistas? Según se mire: ninguna de las dos cosas y ambas cosas a la vez. Sin norte no es fácil que haya rumbo definido. Sin ideal no hay acicate. Hay que creer en un ideal, soñarlo y perseguirlo, aunque ningún día, al amanecer, se logre tocar con los dedos. El ideal no se toca. El ideal se vive, se aspira a realizarlo, se aproxima uno a él. Pero el ideal hace que la realidad no nos trague; y hasta incluso que llegue a ser soportable, bella y constructiva.
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