Son ahora dos años desde que el Congreso aprobó el Tratado de Libre Comercio entre el Estado de Guatemala (como parte de Centroamérica) y Estados Unidos. No es momento de hacer historia con el asunto. Se trata de contrastar lo argumentado por quienes votaron a favor en el hemiciclo y la realidad. Evaluar el cumplimiento de los compromisos asumidos con el pueblo de Guatemala. Se ofreció que bajarían los precios al consumidor, y habría más y mejores productos para escoger.
Aumentaría el empleo por el auge de la inversión extranjera y se democratizarían y ampliarían las posibilidades exportadoras de todos los guatemaltecos. No se trata de ser agoreros del mal. Sin embargo, no se ha logrado ninguna de las halagüeñas perspectivas prometidas. Por el lado del consumo, los precios están al alza y la predicción es que continuarán así. En cuanto a productos para escoger, es una realidad –como ya sucedía antes del tratado– exclusiva de quienes tienen altos ingresos. Clase media, trabajadores y desempleados con exigua capacidad de compra y frente a altos precios, no tienen para escoger. En cuanto a la inversión extranjera directa, efectivamente se registran mejores indicadores, no los esperados. Sin embargo, el desempleo creció, lo cual indica que la inversión que llega al país ni es suficiente ni es generadora de empleo masivo. Siguen siendo el Gobierno y el llamado sector informal los generadores de empleo –además– temporal y precario.
La expectativa maquilera decrece constantemente. En ampliación de exportaciones, hasta los más optimistas coinciden en dos cuestiones básicas: a) lo que crece desmedidamente son las importaciones, provocando erosión de nuestras finanzas. Las exportaciones continúan estancadas o con un crecimiento vegetativo; b) nuestra excesiva dependencia del mercado norteamericano nos sumirá en una crisis económica de la magnitud en que la recesión afecte a ese país. En síntesis, las predicciones halagüeñas no existen, mientras la desazón popular y el desempleo espolean la migración al norte. Seguiremos sobreviviendo de migrantes. De la agenda “compensatoria” –concepto irrisorio–, no tenemos avances que celebrar. Ley Marco de los Acuerdos de Paz y Adulto Mayor son las únicas aprobadas. Sin embargo, la Ley de Desarrollo Rural sigue en la gaveta, sin padrino ni promotor en el Congreso. Pese a la insistencia campesina.
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