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¿Sirve para algo jugar? Decimos que sí y estaríamos dispuestos a sacar la espada para defender ese santo derecho de la infancia, pero luego inscribimos a los niños a natación, a piano, a pintura, a mandarín, a karate, a gimnasia, a refuerzos en matemáticas, a tantas actividades extraescolares como las horas diurnas, el tráfico y su fardo académico lo permitan. Para cuando llegan a la edad de los juegos electrónicos, ya están tan acostumbrados a la estructura de los adultos, a la idea de ganar recompensas y superar niveles, que la diversión virtual les resulta más familiar que rebotar una pelota. Pareciera que el mundo de los adultos, maestros y padres, ha conspirado para dejar que los niños jueguen cada vez menos, como denuncia un niño de siete años con preclaridad. ¿Al fin y al cabo qué importancia puede tener saltar cuerda o jugar tenta contra habilidades más cotizadas en el mundo competitivo de hoy? Mucha, según me entero al leer con rezago la revista dominical del New York Times del 17 de febrero. Neurocientíficos de la Universidad de Lethbridge, Canadá, se han dado cuenta que jugar desarrolla el cortex prefrontal, una parte del cerebro esencial para la coordinación de la información sensorial y el desarrollo de respuestas complejas y adaptadas al entorno. Otros científicos se atreven a sugerir que el Síndrome de Déficit de Atención e Hiperactividad, la plaga de esta generación, no es más que un síntoma de privación de juego en el sistema nervioso. Falta demostrar que el cerebro en su infinita plasticidad no pueda, buscando algún extravío neuronal, compensar la carencia y desarrollar de otra forma esas mismas destrezas. Pero estos hallazgos nos alertan sobre el despropósito del sobreesfuerzo por ocupar con provecho cada minuto del día. Si no le temen demasiado al ocio y no se han aficionado al tráfico de las tardes, pueden ustedes descansar: dejarlos jugar en el patio al parecer no es ningún desperdicio. |
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