Leyendo campos pagados de conmemoración, documentos que reafirman demandas o anuncios que celebran el Día Internacional de la Mujer en un país como Guatemala, donde ser mujer y seguir viviendo es un acto, por un lado, arriesgado y, por el otro, valiente, mi mente evoca mis orígenes. Y me lleva casi a respirar el olor de la espalda de la mujer k’iche’ en la cual crecí. Me veo pequeña, débil y delgada, pero segura entre sus cargadores o sus perrajes. Siento que ella sostiene mi pequeño cuerpo con los jaspes y que me adormece con la calidez de su cuerpo, que traspasa sus güipiles y sus gabachas.
Ni bien había empezado a caminar, ya me estaba enseñando los secretos del comercio, desde cómo usar una balanza, buscando la exactitud, hasta a ahorrar en mi alcancía los centavos que llegaban a mis manos. Nunca tomó un curso de economía, pero en medio de su analfabetismo occidental me aleccionó que la mejor inversión es la que se hace de manera honesta a largo plazo. Nunca fue fanática de la religión ni de dogmas moralistas, pero me orientó a diario en que la lealtad étnica, sentimental, familiar o laboral es un valor sin precio, y por eso es efectiva en cualquier lugar del mundo y clave en lo que construimos.
Cuando dejó de cargarme me instruyó a no soltarme de su mano, pero si sus manos estaban ocupadas, me enseñó a agarrarme fuerte de su corte para pasar calles y avenidas o para subir caminos empedrados. A ella le debo el profundo respeto y fidelidad que siento por mi mundo k’iche’, ella mantuvo una lucha estoica por que conociera todos los espacios de mi cultura, aún aquellos que son contradictorios, que los entendiera y no me avergonzara de mis abuelos y abuelas.
Sin conocer lo difícil que es vivir fuera del mundo k’iche’, me preparó para amarrarme bien el corte, no solo para verme bien, sino para tener la fortaleza para enfrentar las complejas vicisitudes de la vida. Por todo, mi conclusión es sencilla, si esa extraordinaria mujer no hubiera sido mi madre, yo como mujer k’iche’ no hubiera dado los pasos que he logrado dar en un país tan opresivo como Guatemala.
Para ella y para las mujeres inquebrantables de este país transcribo este poema de mi hermano Humberto Ak’abal.
No es el cuerpo, / es el alma de ellas / la que danza. // La marimba / con sus cantos de madera / acaricia esos pies / descalzos. // Ellas danzan / en el mismo lugar, /como la llama /sobre la candela / hasta derretirse.
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