Respondiendo a mi sugerencia de aprender del pueblo cubano, la semana pasada, desde esta misma columna, un buen amigo egresado de la Mito-Marroquín me escribe: “Marcela, te equivocas, no tenemos nada que aprender de los cubanos, en cambio mucho tenemos que envidiar y aprender de los chilenos, de su proyecto de modernización. Ahí sí de verdad no hay pobreza, son los latinoamericanos más libres”.
Lo transcribo aquí porque creo que habla de una percepción común en mi generación desencantada: resignados a vivir una democracia asaltada, las contradicciones del capitalismo y defendiendo a capa, escudo y suspiro; ¡Ay la utopía neoliberal! ¡Ay la libertad chilena! ¡Ay si pudiéramos modernizarnos y consumir otro poquito más! ¡Ay si lográramos menos Estado y más mercado! Ay, ay, ay…
Dice el poeta chileno Nicanor Parra, en su anti-poema, que Estados Unidos es el país donde la libertad es una estatua. Creo que algo parecido le sucede a Chile. En su libro Exiliados, emigrados y retornados: Chilenos en América y Europa 1973-2004, José del Poso señala cómo Pinochet instauró el terrorismo de Estado: 3 mil opositores fueron asesinados, 35 mil sufrieron torturas, y cientos fueron encarcelados y desaparecidos. Antes del golpe, Chile había sido conocido como un país de inmigración. A partir de fines de 1973, se produjo un éxodo masivo de cientos de miles de chilenos, formando así la cultura chilena del exilio. Unas 408 mil personas salieron de Chile durante la dictadura militar. En el año 2000, habían por lo menos 744 mil 345 chilenos en el exterior. ¿Es libre un país que escupe a sus habitantes a la migración económica y a forjar la cultura del exilio? No lo creo.
Ni Chile, ni Cuba. Pero en todo caso, Cuba, donde con sus glorias y fracasos, no hay niños con hambre y mirada extinguida. Todos saben leer y escribir. Y el conocimiento que poseen sobre el mundo quizá les pueda hacer algo más libres que a quienes su libertad está reducida a qué mercancía adquirir.
Creo que es importante este planteo de ¿qué es la libertad?, sobre todo para mi generación, la generación nacida en los ochenta. Nacemos en la era digital, donde todo en el aire es publicidad, todo nos invita a consumir. Eres lo que consumes, indica la ideología del consumismo.
Camino por las calles de la vieja Habana, ahí me encuentro una pared donde se escribe: “eres lo que lees”. Aquí no hay mucha posibilidad de consumo, pero un mundo de letras y conocimiento sobre el quién es el ser humano está al alcance de todos.
Si por libertad entendemos la capacidad de decidir qué consumir, de optar entre un producto y otro, pues claro que Chile es más libre. Desde la ideología neoliberal la libertad es reducida a la elección entre una mercancía y otra: ¿Sushi o comida china? Qué libres nos hace esta preciosa elección. ¿Victoria o Gallo? Viva la globalización.
Pero, en cambio, si por libertad entendemos el conocimiento que nos da la comprensión del mundo, entonces habría que repensar los planteos. Habría que decir que con todo y el imaginario de la revolución hecho trizas y la decadencia de las utopías socialistas podemos (y debemos) recuperar para nosotros el pensamiento libertario de José Martí: “Se es libre, pero no para ser vil: no para ser indiferente a los dolores humanos; no para aprovecharse de las ventajas de un pueblo político, del trabajo creado y mantenido por las condiciones políticas que se aprovechan. Dígase que no otra vez.
El hombre no tiene la libertad de ver impasible la esclavitud y deshonra del hombre, ni los esfuerzos que los hombres hacen por su libertad y honor”.
Hoy pregunto a mi generación obstinada con la utopía neoliberal: ¿es más libre quien puede decidir entre comer suhi y comida china, o quien tiene la capacidad de pensar el mundo y pensarse a sí mismo con autonomía y conocimiento sobre lo que en él acontece? Ni los chilenos, ni los cubanos, ni los guatemaltecos. Para ser verdaderamente libres, es decir ejercer y practicar la autonomía, a todos nos hace falta volar un poco más alto. A unos conquistarla, a otros huir de donde no la hay.
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